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Número 34

Encuentro

La historia que voy a narrar me fue transmitida, poco tiempo atrás, por un mozo del bar en el cual nos reunimos habitualmente para definir el destino la revista Odradek.

Recuerdo que el muchacho se me acercó y me dijo “Quintero, sé que usted escribe sobre cuchillos” y comenzó su relato el cual, a menos de algunas omisiones y agregados, producto de los misteriosos mecanismos de la memoria, voy a reproducir.

Tal vez en manos de otro escritor, este relato se llenaría de rasgos melodramáticos que podrían llevar inclusive a ubicarlo en algún otro rincón del planeta.

Pero los hechos ocurrieron en Buenos Aires, y allí los dejaré. Oscar Garmendia atendía un quiosco de revistas sobre la calle Pueyrredon.

El frente entero, ocupado por publicaciones de temáticas diversas, podía verse desde uno de los ventanales del bar Guaraní, ubicado estratégicamente en una importante esquina de la mencionada arteria.

Garmendia completaba sus inquietudes personales coleccionando cuchillos, obtenidos a lo largo de años de viajar asiduamente al interior del país, ya sea por trabajo (su familia poseía algunos campos) como por turismo.

Cierto día, se encontraba el canillita mostrando a uno de sus habituales clientes, un portero de un edificio cercano, su mas reciente adquisición.

Se trataba de un puñal que, según informaba Garmendia, era una reproducción casi exacta de la mítica daga de Juan Moreira, quien en algún momento fuera el arquetipo del gaucho, como después lo fueron Martín Fierro y Don Segundo Sombra.

Se trataba de un arma larga, cuya característica principal era una importante defensa, o “gavilán” en forma de U.

El relato de Oscar fue interrumpido por un grito que, después de varios intentos, fue posible ubicar viniendo desde el interior del bar.

Uno de los clientes insultaba a Garmendia y lo amenazaba con un cuchillo de mango de madera, en el filo del cual se observaba una representación de un árbol.

Tal vez fuera por poseer un arma comparativamente mejor que la de su adversario, o simplemente por no querer quedar en la historia como un cobarde.

Lo cierto es que Garmendia salió de su pequeño cubículo de revistas, en dirección a la puerta del bar por la que estaba saliendo el cliente.

Ambos se amenazaban mutuamente con sus armas, y no pasó mucho tiempo hasta que una cantidad considerable personas rodeara a los contrincantes mientras que estos daban vueltas, empuñando sus armas con una mano y protegiéndose de potenciales ataques con la otra.

Tal vez la densidad poblacional de esta Buenos Aires del siglo XXI, o a lo mejor la facilidad para la comunicación, hicieron que antes de la primera estocada, mas de cinco policías se encargaran de separar a los contendientes.

Cuando fueron interrogados sobre el origen de semejante contienda, ninguno de los dos adversarios pudo citar un hecho en común.

Se justificaron diciendo “me saqué”, frase muy utilizada en estos tiempos en los cuales el sentido de las palabras tiende a desaparecer.

Una explicación un poco mas poética deja a los hombres en un segundo plano y pone a las armas como verdaderas protagonistas de la lucha.

Se habían buscado largamente, por los largos caminos de la provincia, y por fin se encontraron cuando sus gauchos ya eran polvo.

En su hierro acechaba y dormía el rencor humano. -Las cosas duran más que la gente- dijo el mozo- Quién sabe si la historia concluye aquí, quién sabe si no… -Un agua con gas y una traviata con poco queso – interrumpió Germán García mientras apoyaba sobre la mesa un libro sobre el sexo de los ciegos en Hungría.

Mariano Quintero