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Número 34

Senilidades

I El viejo tenía una mirada maliciosa.

El estudiante entró con un libro debajo del brazo.

El viejo comprendió que el estudiante se obstinaría en sostener su mirada, por eso se levantó, cruzó la puerta y se perdió en la oscuridad. Los soldados se contaban historias, y uno de ellos miró el libro sobre la mesa, dijo algo y el conjunto rió.

El mozo mostró a los soldados la foto de una niña desdentada, luego se alejó. El estudiante divagaba: “La muerte ciega como un muro de ejecución”.

Esperaba una mujer que no llegaría.

Los soldados sin prisa siguen con sus historias.

El estudiante también recordaba.

Era su historia que concluía en cada momento.

II Después de la carrera aquella naranja, entre los dientes, mientras la mano derecha seguía aferrada al objeto de metal con el que había intentado defenderse del ataque del perro.

Apenas recuerda la discusión con el viejo, la cárcel en que aquella mirada se había convertido.

Se puso a bailar frente al viejo.

Dejó que soltara al perro, a la vez que extendía la mano hacia el objeto de metal.

Recuerda que golpeó al perro, también el ruido seco del cráneo. Una posibilidad de morir – ver hasta el último momento la mirada de ese viejo – le hizo despertar.

Los soldados ya no estaban.

No había terminado de pronunciar su nombre, de cualquier manera lo habían visto, era inevitable, aunque se durmiera en la mesa de un bar.

Germán García