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Número 34

Eclipse

Decía que el recuento antes de salir de su casa le traía el recuerdo de Bloom.

Llaves, dónde las habré dejado.

Plata, tengo que pasar por el cajero.

El celular, me olvidé de cargarlo.

Sabía que llegaría con el retraso del apuro.

Corrió al dormitorio a levantar el libro abierto boca abajo, caído en la batalla contra el sueño la noche anterior.

¨La Fortuna¨.

Fortuna sería acordarse dónde dejaba las cosas. No paraba de girar sobre sus talones, con la certeza de estar olvidando algo que sin duda la miraba agazapado.

Dejó el dormitorio para entrar al baño por última vez.

Acercó la cara al espejo y siguiendo las líneas que el maquillaje no cubría, se alejó para ajustar el foco. No era momento de operarse, esperaría.

Estiró con dos dedos las mejillas hacia arriba logrando un efecto de turbante.

Para qué operarse si podía ir por la vida con los dedos en esa posición Miró su reloj, aliviándose porque ya no valía la pena apurarse y se sirvió un vaso de agua para tragar las pastillas que tenía casi disueltas en la boca.

Se detuvo para sacar una lapicera y escribir la nota, haciendo un intento primero sobre la pared, y luego en equilibrio tembloroso sobre el libro apoyado en la rodilla. Para qué escribir lo evidente.

Había signos inequívocos.

Sin embargo, en estos casos era necesario disipar las dudas que pudieran aparecer.

Ahorrarles las llamadas y averiguaciones.

Las evidencias no serían suficientes, nunca lo son.

Detenida frente al espejo con la cartera colgada del hombro sonrió a su imagen mientras levantaba la mano derecha.

Sin retirar los ojos del espejo y apuntando a su cuello, apretó con fuerza el dedo índice. Una lluvia de gotas bañó el espejo salpicándole la ropa y la piel que ya comenzaba a sentir el frío húmedo.

Así está mejor, alcanzó a decir, mientras apoyaba el perfume sobre la mesada de mármol.

Al subir al auto recordó que había olvidado el libro con la nota adentro que decía: salí.

Alejandra Jalof