ODRADEK.COM.AR

DOMICILIO DESCONOCIDO

Buscar: Ingreso de usuarios registrados en RespodoTodo
 

Número 34

El problema de nosotros

No hay nada más irregular que nosotros.

Para empezar yo soy una mujer y él es un hombre.

La angustia y la risa, aunque nos las contagiamos con facilidad, no nos asaltan al mismo tiempo ni por las mismas razones.

Quiero saberlo entero, entonces lo acoso constantemente con un “¿qué pensás?”.

Nuestras diferencias me parecen estimulantes, sin embargo, el sólo hecho de intuir que pensamos distinto o que no nos entendemos me hace cambiar la exploración amorosa por la batalla, tan sólo incluyo un pronombre: “¿qué te pensás?”. Nuestras raíces son diferentes: afortunadamente nacimos en distintas familias.

Si tuviera que hacer una escueta biografía escolar, al estilo cuadro sinóptico con forma de “T”, diría: yo, colegio de monjas; él, nocturno estatal.

Yo, inglés; él, francés.

Por lo que llegamos al ateísmo y a la universidad habiendo tropezado cada uno con sus piedras.

Tenemos distintos oficios y diferentes aficiones aunque nos guste relatarnos el fin de la jornada y los entusiasmos que trae cada uno de su propio mundo. Repito: no hay nada más irregular que nosotros.

Sin embargo, este lenguaje florido nos ha traicionado.

Si me incluyo con otro en la forma verbal, se pierden las irregularidades de la raíz.

Basta pensar, justamente, en un verbo de los que la cambian.

Como ya abusé de uno de ellos lo sigo usando: “pensar” funciona como yo pienso, en cambio, nosotros pensamos.

De un plumazo la raíz de nosotros queda inmutable como la del infinitivo.

¿Será acaso un intento por mantener la ilusión de que los dos pensamos lo mismo? Salvo por un minúsculo grupo de verbos que cambian por completo, el pretérito perfecto -nombre inmerecido- le tiende una trampa a cualquiera que quiera hablar de “nosotros”.

Si los verbos que necesito para hablar de mí junto a este gran otro son de la primera o la tercera conjugaciones -y no quiero usar refuerzos circunstanciales como “hace mucho tiempo”, “ayer”, “ahora mismo” o “siempre”-, no sólo tengo el problema de la raíz que de pronto finge ser regular, sino que además, las formas del pasado y del presente coinciden.

“Nosotros vivimos en Mataderos”, me dijo.

Y yo, robándole a mi analista el vicio de aclarar las cosas con preguntas, expuse de inmediato “¿Pero estás loco, cariño? Nosotros vivimos en Flores”.

Él quería hablar de un nosotros en pasado, de un nosotros que no me incluía a mí para formar el plural.

Que el paradigma verbal cambie es un poco engorroso para llegar al acuerdo entre todos los hispanoparlantes.

Pero lo que me propuse a mí misma y a él fue que el que enuncia haga su enunciado siempre en singular y que el otro vaya en oración aparte o como circunstancial de compañía.

De esta forma me evito los celos irascibles de que un fantasma de su pasado pueda hacerse presente, me evito la obsesión de tener que saber qué piensa, me alivio al recordar que nuestra raíz es diferente y confirmo, con cada “nosotros” que transformo en un “yo con él”, que nosotros somos dos-otros en un diálogo para el que, a veces, no hay palabras.

Silvina Gruppo