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Número 34

Cuentos seniles: Conspiraciones

Un nuevo aniversario de egresados nos congregó.

Allí estábamos Horacio, Alejandro y yo.

Contrariamente a lo que podría suponerse cuando nos juntamos los muchachos de nuestra edad, no se habló de enfermedades ni de los que ya se han ido, o sí, sí se habló pero de una forma muy distinta de lo que podría imaginarse. Horacio asegura que los médicos han encontrado la forma de hacer que todos sean sus pacientes.

Los enfermos para curarse y los sanos para realizarse chequeos, nadie se puede escapar.

Menos él, claro, porque Horacio dice que descubrió que las enfermedades, todas las enfermedades, sostiene, tienen cura.

Es más, dice, la cura la conocen en Estados Unidos, y la prueba está en que cuánto hace que no se muere un presidente de EEUU en ejercicio.

Van de acá para allá, ordenan un bombardeo en oriente, un bloqueo en occidente, corren con el perro, se fuman a las becarias y nada.

Yo tenía un negocio a la calle y cada vez que iba al médico porque me dolía algo me decía que tenía que aflojar las tensiones, que así no me iba a aguantar el bobo, contaba Horacio.

Cómo aguantan los presidentes americanos, se pregunta.

Según él también los nazis conocen el secreto y por eso viven cien años y andan algunos chocheando por Córdoba o por Bariloche. Alejandro dijo que esos son longevos porque los que hacen el mal sin preocuparse, crean anticuerpos, son insensibles a todo.

Y de alguna forma que a su señora, Graciela, no le hubiera gustado, desembocó, acaso aprovechando que Graciela no lo podía escuchar, en su teoría sobre el genocidio más grande de la historia.

Señaló disimuladamente la mesa de al lado, donde por lo menos veinte chicas de nuestra edad egresadas del Normal festejaban su aniversario de graduación.

Ahí las ves, dice, la mayoría viudas.

Antes nos mandaban a morir en las guerras.

Ahora son más sutiles, conciben métodos más lentos pero igual de eficaces.

Hacé tu propia estadística, cuántas viudas conocés y cuántos viudos, me desafía.

Pero de eso no se dice nada.

Se habla de la violencia de género, muere una mujer a manos de un loco, o de un justiciero, lo mismo da, y sale en los diarios, en la televisión lo sacan que parece que tuviéramos la culpa todos los hombres, y mientras nosotros, uno a uno vamos cayendo, en silencio.

Eso tendrías que escribir vos en Odradek, se enoja Alejandro, deberías denunciarlo, me dice, y yo me quedo pensando.

Roberto Gárriz