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Número 32

Washington Sondon: detective

La cinta plástica delimitaba la escena del crimen.

El comisario Canabro miraba los cuerpos mutilados intentando imaginar una secuencia de hechos que llevara a tan macabro final.

Gonzales, su asistente, tomaba nota, tratando de hacer una especie de inventario de extremidades. -Tenemos hasta el momento doce piernas y veinte brazos señor- le informó. -¿Pero como carajo puede ser? ¿Contó bien Gonzales?- le recriminó el comisario. -Si señor.

Pero lo mas interesante es esto: encontramos veintidós torsos- dijo Gonzales intentando sonar misterioso. -Pero la puta madre Gonzales.

¿Sabe lo que significa eso?- preguntó Canabro al borde del colapso. -¿Qué tenemos a un sicopata como los de las películas?- se ilusionó el joven policía.

-No imbécil.

Significa que esta noche vamos a pasarla acá, juntando pedazos de personas, en lugar de brindar con nuestras familias y seres queridos por el comienzo del nuevo año-le gritó. Efectivamente, el llamado a la policía informando el macabro hallazgo fue realizado ese mismo treinta y uno de diciembre a las dos de la tarde.

Canabro, conocedor de los vericuetos y las jugarretas de la fuerza, sabía que no iba a ser posible completar las actuaciones judiciales de semejante cantidad de cadáveres antes de que el año terminara.

-Canabro, confió en usted.

Ponga mi gancho en lo que sea necesario, y no me rompa las pelotas- le aclaró el fiscal de turno por teléfono.

Canabro dudó un instante y le dio la orden a Gonzales. -Llamé a Sondon y que sea lo que Dios quiera. Pocos minutos mas tarde, el auto de Washington Sondon estacionó frente a la escena del crimen.

-Canabro, tiene idea de lo que pasó acá-le preguntó al comisario. -No, solo sabemos que era una especie de cotolengo, lleno de mancos, de rengos, de estropeados.

Los familiares los abandonaron acá y no los visitaban nunca.

Aparentemente es obra de un loco.

Dejó una nota que dice “Nacha no es Evita” y una foto de Nacha Guevara con los brazos y las piernas tachados.

-Puedo ver esa nota y esa foto-solicitó Sondon.

Gonzales se las entregó y Washington, con un encendedor que sacó de su bolsillo, prendió fuego ambos papeles. -Esto nunca existió – aclaró mientras marcaba un número telefónico en su celular.

Dijo algunas palabras en inglés que ni Canabro ni Gonzales entendieron.

A los veinte minutos, tres camionetas negras estacionaron frente al cotolengo.

Un ejército de hombres se encargó de juntar los restos humanos mientras que Sondon acompañaba a Canabro hasta la salida. -¿Y que va a pasar con Gonzales?-preguntó Canabro.

-Va a tener un mejor trabajo-le informó Sondon. A las doce, Canabro brindó secretamente por el Washington Sondon.

Gonzales, en cambio, brindó por su nuevo trabajo en la CIA, a las apuradas, mientras hacia las valijas.

Mariano Quintero