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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 32

Pienso y luego insisto

Mi dios es negro, bisexual y estúpidamente joven, diecinueve añitos.

Escuché el comentario a media voz de una señora entrada en carnes, que almorzaba en la mesa contigua de un restorán con precios para clase media.

Te va a servir de poco, aunque nunca se sabe, pensé divertido y mi propio pensamiento me resultó refrescante, tanto, que la señora del comentario, a quien tenía de frente, como si me hubiera leído la conciencia, dio vuelta la cara poniendo gesto de asco, no por la comida, supongo, porque siguió la masticación, pero tampoco podría afirmarlo.

Engullendo milanesa a la napolitana con ensalada de tomate, huevo y cebolla, pensé después: si Dios existiera o existiese..., y me quedé ahí, digo, dándole vueltas a ese pensamiento.

Al empujar el prominente bolo alimenticio con un trago de borgoña, saqué mi pequeña conclusión apresurada: siempre es mejor confiar que sí existe, sentirse inferior y, de paso, demandar ayuda.

Lo demás no sirve, me convencí, cuanto más insignificante se sienta o le hagan tragarse que es a la persona, con mayor fervor aceptará la existencia de alguien superior, y hasta se exaltará por las bondades de una licuadora.

Obviamente, escrutando a la señora, insistí con el pensamiento: nunca se sabe, quién te dice..., y generé mi oportunidad invitándola con la mente, mediante la repetición, a que me volviera a mirar.

Entonces le guiñé un ojo con mi mejor jeta de lagarto al sol, pero me vi sorprendido en mi buena fe, ya que la señora entrada en carnes me sonrió con una sonrisa libidinosa, como si en lugar de estar mirando mi fea jeta de lagarto, estuviera o estuviese admirando un enorme postre helado hecho de crema pastelera recubierto de chocolate.

Sergio Fombona