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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 32

Coco loco

La gente de MDS es muy fiel al lugar.

Diría que casi casi son fanáticos que han establecido una especie de tácito pacto de eterno retorno.

O sea, todos se conocen aunque no se saluden; cada uno sabe que al verano siguiente las caras del lugar serán reconocibles.

Por eso, el año en el que Coco puso en pie en esas playas, algo pareció salirse de lugar.

Coco es una persona naturalmente curiosa.

Todo para él es objeto de pregunta, de interrogación, de duda.

Y qué mejor lugar para la intriga que ese pueblo costero misterioso.

Porque hay un par de personajes que no pasaron inadvertidos para Coco.

Uno de ellos es C. C.

(no voy a dar nombres porque temo cuáles sean las consecuencias) es en realidad una mujer de unos cincuenta y tantos años, que harta de la vida en Buenos Aires y enamorada de un hombre un tanto aventurero, decidió dejar todo e instalarse en este pueblo al que no hay día que no deje de maldecir.

Aquí se dedica a hacer budines, cuya venta aumenta ostensiblemente en verano, aunque durante resto del año los ofrece en una ciudad cercana.

Yo suelo comprarle budines a C.

y Coco también lo hizo apenas la conoció. La primera vez que Coco vio a C.

le impactaron su delgadez, sus canas y el color de la piel curtida por el aire de mar.

Ella llegó a la casa en bicicleta y como un espectro golpeó a la puerta para ofrecer sus tortitas.

En realidad no llegó porque sí, sino porque K.

(alguien muy importante en la trama de esta historia) le había avisado de nuestra estancia.

C.

-me había dicho alguna vez K.- no quiere a ninguno de los habitantes permanentes de MDS y nadie tampoco quiere a C.

Es un odio mutuo, sostenido por el tiempo y la indiferencia.

Eso también lo sorprendió a Coco.

Otro de los protagonistas del lugar es L., un hombre alto, también canoso como C., de lentes y pocas palabras.

L.

trabaja en la despensa y se encarga del reparto de mercadería, aunque a veces también atiende el sector carnicería, el kiosco y la línea de cajas.

L.

sabe dónde uno se hospeda sin necesidad de más de dos o tres datos básicos: “casa blanca, postigos azules”, por ejemplo.

Es una especie de baqueano, de topógrafo de MDS, y yo creo que la gente menosprecia el verdadero talento de L.

Confieso que a mí es uno de los personajes que más confianza me inspira, hasta diría que le tengo cariño.

No así Coco. L.

es empleado de los hermanos G., dueños de casi todos los negocios del lugar.

No solamente tienen la despensa los G., sino que también es suya la ferretería y el único restaurante que está sobre la playa.

Cabe aclarar que no hay mucho más que eso en el pueblo, por eso, según Coco, los hermanos G.

han establecido un monopolio con ribetes delictivos en MDS.

Y esa hipótesis -cuya verificación será objeto de nuestros próximos relatos- fue lo que convirtió a Coco en el DETECTIVE COCO LOCO.

Vanesa Pafundo