ODRADEK.COM.AR

DOMICILIO DESCONOCIDO

Buscar: Ingreso de usuarios registrados en RespodoTodo
 

Número 8

Fuerte, musculoso

Nada de fuerza bruta, salvaje -animal-, nada de cuerpos deformes -horribles-.

Yo sé que él me preferiría fuerte y musculoso.

De hecho no pierde ocasión de repetirlo.

Y en general lo dice delante de otros padres, fuertes y musculosos.

Pero lo que yo tengo para darle, mi herencia, para llamarlo de alguna manera, es otra cosa.

Es una biblioteca llena de libritos de diferentes colores y tamaños.

No sé si va a servirle para algo práctico, concreto, pero siempre le digo que, en caso de necesidad, y cuando yo me muera -sólo cuando yo me muera-, puede venderlos. Ahora me acuerdo de la primera vez que lo llevé a la Feria del Libro.

Era muy chiquito, recién había empezado a caminar.

En medio del amontonamiento de gente, el Ponchi, sentado sobre mis hombros y apretándome la cara con fuerza, veía el espectáculo de los libros expuestos en prolijo amontonamiento y se movía, nervioso, movía las piernas, hundía las zapatillas en mi pecho.

Cuando lo bajé para que caminara un rato y para reponerme del esfuerzo -no soy fuerte, no soy musculoso-, él empezó a correr enloquecido y lo p erdí en cuestión de segundos.

Por suerte lo encontré enseguida, sentado al costado de una pila de libros, haciendo lo posible por tirarlos.

“¿Qué hacés Lauchín?”, le dije y él me miró con codicia, con gula, con esa cara que pone cuando ya está listo para hacer el mal.

“No toqués eso”, pedí, en voz baja, sabiendo que mi ruego no sería escuchado, porque él, con un cabezazo, logró finalmente su objetivo.

La pila se desparramó.

Entonces me di cuenta de dos cosas importantes que iban a servirme en el futuro: que era muy chico para llevarlo a las actividades de los adultos, fue lo primero que descubrí.

Y lo seg undo que entendí fu e que lo más razonable, cuando uno está metido en un lío, es escapar, salir rajando.

Y eso hicimos. En esa época sus actividades se relacionaban directamente con los libros: los pisaba, los rayaba, los pateaba, los hundía contra el fondo de los estantes, les arrancaba las hojas -escondía las hojas sueltas debajo de mi cama- y también los leía, por supuesto.

Se acostaba boca abajo en el piso y trataba de descifrar las letras, concentrado, ansioso. La última vez que nos pusimos en movimiento hacia la Feria llovía bastante.

Llegamos hasta la vereda de enfrente y nos dimos cuenta que era difícil cruzar.

Mucho tráfico, mucha agua, mucha gente.

Entonces entramos a un local de videojuegos y el Ponchi me enseñó a jugar a su juego favorito, “Marvel vs.

Capcom”.

Cada uno eligió un luchador y los hicimos pelear hasta que quedaron completamente desmembrados.

Y así nos encontró la noche.

A puro golpe.

Ganó él.

Ariel Bermani