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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 32

Como una cosa resuelta

Había, otra vez, que mostrar simpatía.

Sonría, el cliente la mira.

Sí, avanzaba resuelto hacia ella.

–¿Qué se le ofrece?.

No puedo creer que sea verdad, que pueda elegirte. Ella se dió cuenta de que un rubor le alteraba el semblante que había compuesto con esmero, para afrontar las horas de trabajo.

Dijo sí, lo que quiera (s).

La “s” era una promesa. El encargado escuchaba como un director de teatro burlado por una actriz que se empeñaba en salirse del libreto.

No podía intervenir porque sería peor.

No podía, ella había avanzado por su cuenta: pasame a buscar a la salida – fue lo último que escuchó. Espero que no me cueste mucho, susurró el cliente, como si hablara con una puta...con una trabajadora sexual. Ya en Las Violetas, entre vitrales y espejos, ella dijo que le cobraría pero que no era una trabajadora sexual.

En la cama no le gustaba hacer nada, le gustaba que le hicieran todo. -¿Todo? – indagó la voz.

Ella respondió que ya desnuda no tenía prejuicios ni deberes. -Ni papeles, agregó la voz con una ironía irritada. Ella no podía detener la deriva resuelta de sus palabras, tampoco podía volver al trabajo y enfrentar el enojo del encargado.

Le hacía recordar al padre.

Y a la madre.

Y a un bombero vecino.

Le dijo al cliente un nombre cualquiera. -¿Solamente María?.

Sí, solamente María.

Entonces, retrucó el cliente, solamente Mario.

Pactado el precio llegaron al Albergue Transitorio, sin papeles, prejuicios ni deberes.

María se comportó como una virgen, Mario se puso a realizar el milagro de provocarle algún deseo que le hiciera apartar la mirada del televisor donde dos mujeres, justamente, le hacían de todo a un hombre inmóvil extendido en la cama como estaba ella.

Por fin, ella aleteó con sus muslos y suspiró con alegría. ¡No estoy pintado!, soy un hombre y tengo derecho a vivir de una mujer si la protejo.

Quizá Mario era un santo, porque le dijo que aunque no era joven inventaría algún servicio sexual para mujeres maduras que exigen su derecho al sexo, aunque la experiencia misma las tenga sin cuidado. Y así, como una cosa resuelta, estuvieron siempre juntos y el horizonte de la penuria desapareció.

Mario era dulce, la acompañaba a comprar a su antiguo trabajo.

María era feliz al poder humillar, una y otra vez, al encargado.

Nunca quisieron saber sus nombres.

Cuando no querían llamarse María y Mario, en perfecta reciprocidad se llamaban con la palabra encanto.

Encanto tocame aquí, encanto date vuelta para allá.

Germán García