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Número 32

Un fin de octubre

Octubre escuchó cerrar la puerta y trató de olfatear el silencio que la rodeó al quedar sola.

Se tiró de panza al piso y miró hacia arriba.

Sobre un armario de la cocina, un armario bajo, verde claro, había un Magritte.

Era un original, pero no de Magritte.

Sino del señor Shim.

También había un Dalí sin terminar.

Un minucioso Klimt todavía sin color.

Ya no iba más al taller el señor Shim, hacía mucho que no pintaba.

Cuando el señor Shim pintaba, la gata tenía pinceles para jugar.

Los que Shim desechaba y los otros también.

Podía tomar el agua coloreada de los acrílicos, más sabrosa que el de las acuarelas.

O estornudar con fuerza mientras olía el aguarrás vegetal, lo que le producía una ligera acidez pero sobre todo una sensación de liviandad frenética y exasperante que la obligaba a recostarse sobre el lienzo en el que trabajaba su amo.

Siempre se sentía mejor después.

Pero ahora Octubre se aburría.

El señor Shim tardaba tanto.

Intentó rescatar algún viejo juguete escondido hundiendo su pata derecha debajo de la heladera.

Llegaba a tocar algo pero no lo alcanzaba.

Se quedó dormida en esa posición.

Sólo un rato.

Luego, como si alguien la llamara desde la ventana rota del Magritte (en realidad fue Sofía, la vecina, quien llamó a alguien en el patio de al lado), giró tan rápido que la cola y la cabeza quedaron encontradas.

Tuvo que alinear el cuerpo a la mirada.

Relajó el lomo.

Calculó la distancia desde la baldosa que ocupaba.

El peso de la musculatura cayó sobre sus patas traseras de modo imperceptible, pero notoriamente su silueta de gata esbelta se transformó en una especie de globo que por estática hubiese quedado adherido al suelo.

Los ojos verdes abiertos ajustaron tanto las pupilas que sólo podían verse sus bordes externos unidos.

Toda ella, un gato, fue una línea rápida en el aire cuando saltó hacia el cuadro, penetrándolo.

Sin sonido, diluyéndose en él, vaporizándose.

Fue así como desapareció Octubre.

Una mañana fresca de verano.

Nora Martinez