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Número 31

De la elegancia del turista
Pájaros+piedras

De la elegancia del turista (*) Lean a Patricia Highsmith.

El talento de Mr Ripley, Las dos caras de enero, El juego del escondite o cualquiera de las novelas que transcurren en Europa con protagonistas americanos -norteamericanos, estadounidenses, para ser más precisos- que andan por París, Venecia, Capri, Sicilia.

Pasean, recorren, visitan museos y otros sitios de interés histórico, hacen nuevas amistades, mantienen relaciones, mienten, utilizan documentos falsificados, se van sin pagar de los hoteles, roban, matan, ultrajan el pudor, no santifican las fiestas de guardar.

Y todo eso lo hacen sin desentenderse jamás de la elegancia en el vestir.

Ternos, ambos, saco y pantalón, camisa ligera y pantalones caqui para navegar o para utilizar los días de calor excesivo. Ni en una sola línea de estas novelas los turistas estadounidenses visten bermudas, shorts o sandalias. Hoy nos asombra que nuestros visitantes de ese país se paseen tan orondos exhibiendo sus rodillas, orgullosos de haber liberado sus pantorrillas, ufanos de sus pies.

Cuanta prenda de vestir utilizan satura la visión.

Tomo prestada la frase del semiólogo autodidacta Álvaro Simó quien refiriéndose al particular describió: “se visten como para ir al velorio de un payaso”. ¿Qué ha sido de la austeridad y discreción de los Padres Fundadores, del gusto por las distintas variantes del blanco y el negro? Es improbable que en su país de origen circulen ataviados como los vemos aquí y ahora.

¿qué es lo que ha cambiado tanto en medio siglo para que el sentido del ridículo se haya morigerado hasta casi desaparecer? No les pedimos condiciones para el ingreso como visas o depósitos dinerarios, ni que nuestros visitantes manifiesten intenciones de no trabajar (que los pondrían en condiciones de igualdad con los locales).

Sencillamente solicitamos que se instrumente por vía de nuestra Cancillería y representantes consulares una recomendación de buen gusto, una guía de sugerencias en el vestir de manera que nuestras visitas se conviertan en embajadores de la dignidad y el decoro de su país.

En pocas palabras: que respeten nuestra sensibilidad. (*) el título de este artículo ha sido gentilmente cedido por el semiólogo Álvaro Simó.

Roberto Gárriz