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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 31

MDS

Ésta es una historia real.

Tan real que si no se la adorna un poco con algún artificio literario puede resultar escalofriante.

Al menos es lo que a mí me parece cada vez que pienso que ocurre en el lugar que hace años elegí para descansar del ritmo citadino, a orillas del mar, en este extremo del cono sur.

El sitio este del que hablo parece que está maldito desde el momento mismo en el que un aristócrata y filántropo alemán pensó en fundar un paraje que remedara a los balnearios europeos y se encaramó en la construcción de un hotel de dimensiones monumentales en medio de la nada y el viento.

Según cuentan los pocos libros que se han escrito acerca del asunto, una peste frustró la llegada de los posibles huéspedes y de ahí en más se sucedieron una serie de hechos que bien podrían ser parte de la trama de una película de misterio y terror.

En el hotel hoy habita un señor que dice ser el dueño verdadero del lugar, pero del que se sospecha en realidad que no es sino un oportunista.

El hombre vive en medio de las ruinas y nunca se lo ve fuera de lo que contruyó como su búnker.

Alguna que otra vez me pareció verlo espiando por la ventana de la Planta Baja el movimiento en el boulevard céntrico y no fue sino hasta hace poco que me animé a tocar la puerta para entrar a oir lo que a cambio de veinte pesos tiene para contar.

Una verdadera decepción, pues G.

no hace sino repetir fragmentos memorizados del libro de V., un auténtico conoisseur de MDS, a los que suma partes de la película Balnearios. Lo cierto es que luego de visitar a G., y a sabiendas de que su relato es una berretada mal contada, mi mirada sobre el lugar se ha vuelto más aguda, más alerta sobre ciertas cuestiones y he comenzado a percibir cosas que aisladas pueden parecer insignificantes pero que sumadas configuran la secuencia de un plan que me he propuesto desentreñar y del que daré cuenta en cada una de las entregas de Odradek.

Hasta el próximo número.

Vanesa Pafundo