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Número 31

De generaciones
Flamencos

Florencia le había contado una historia sobre sus amores con dos amigos, amores anteriores a Juan José, y al despedirse, le dijo que nunca hablaba de esos temas.

El comentario era, a su vez, una declaración seductora sobre la “relación” singular que había entre ellos.

Braun sonrió, y después dijo que también le había contado algunos secretos. En el otro bar, Braun recordó que había recurrido a la vis cómica para provocar la risa de Florencia, con la intención de aumentar su propia alegría.

Porque se había dado cuenta de que amaba su risa y su juventud, porque ella le parecía un resplandor en medio de la oscuridad de los años anteriores.

Braun le contaba la vieja historia del boom de la literatura que los progresistas llamaban iberoamericana; los conservadores, hispanoamericana, y los franceses, latinoamericana. Esa literatura tenía sus propias víctimas, los escritores españoles que ya no podrían seguir rimando cariño con armiño, como en los tiempos de Zorrilla.

Adiós Galdós y Baroja, el público quería aplaudir otra cosa.

“Un montaje de editoriales catalanas, sobre todo”, comentó Carmen Martín Gaite.

La vengativa malevolencia catalana aliada con el éxito de la Revolución cubana, terminó por beneficiar a los iberoamericanos.

Carlos Barral era catalán.

Y editor.

Juan Benet, oblicuo como su lugar, alabó la existencia de nuevas obras –no se podía negar a García Márquez, Rulfo o Carpentier- pero criticó la pedantería de Cortázar, típica de un porteño que reside en París.

La mafia, como le decían, tenía el apoyo de otro influyente de Barcelona: el temible José María Castellet, capaz de imponer hoy el realismo más triste, y mañana el camp más alegre.

“Apropiación”, alimentar con huérfanos iberoamericanos las editoriales catalanas.

La Habana, para los españoles que andaban en los cuarenta, imponía respeto: ellos estaban atravesados por el clavo ardiente del silencio que siguió a la Guerra Civil.

Eran hijos del régimen que habían estudiado en otros países, y tenían que rebelarse contra la vergüenza de sus padres, o bien continuar defendiendo la gracia de Dios. Florencia seguía a medias estas historias, puesto que leía a Vila-Matas, a Javier Marías, a Cristina Fernández Cubas.

Ignoraba a Miguel Delibes, a Juan Marsé, a los Goytisolo.

Y ni hablar de Caballero Bonald y Fernández Santos. Por otra parte, Florencia era lectora de “ensayos”, y la literatura le interesaba de una manera que a Braun le parecía poco recomendable: buscaba las huellas sociales, las marcas de la época, esas cosas. Como dijo Alfonso Grosso –según anotó en su libreta Braun-, había que ser tan austero como un castellano y tan decadente como un catalán, para hacer del boom un tema de disputa.

A Braun le parecía que Alfonso Grosso, como andaluz, se entendía con los iberoamericanos que se habían convertido en la pesadilla de los escritores españoles que ya tenían la edad de Borges, pero que no habían atravesado el muro humillante de la España de Franco, este lenguaje sí le gustaba a Florencia, porque introducía la “historia”.

Y por eso Braun lo usaba.

Le decía que aquellos españoles habían leído a Mallea y a Rómulo Gallego, pero que ignoraban a Onetti y a Roberto Arlt.

Y ni hablar de Macedonio Fernández. Cuando Braun llegó a su casa, después de una tarde de paseo, le pareció evidente que Florencia había decidido su propia vuelta al país. Germán García

Germán García