ODRADEK.COM.AR

DOMICILIO DESCONOCIDO

Buscar: Ingreso de usuarios registrados en RespodoTodo
 

Número 30

Cuentos seniles: La chicharra

El arreglo del ascensor fue lo que complicó a las chicas del segundo.

Le pusieron una chicharra bien aguda que avisaba cuando la puerta quedaba abierta unos segundos más que los imprescindibles para ingresar o egresar de la cabina y cerrar las puertas.

Biiiíp, empezaba el sonido bien agudo.

Era un sonido muy parecido, por no decir el mismo, que el que hacía el audífono de María Silvia cuando acoplaba.

El asunto es que María Silvia no escuchaba nada, ni siquiera el pitido de su propio audífono; porque María Silvia usaba audífono porque no escuchaba nada de nada, no sé si lo expliqué.

La hermana de María Silvia, Herminia, que vivía en el segundo piso con ella, cuando escuchaba el pitido le avisaba y la otra, como no escuchaba nada, pensaba siempre que se trataba del sonido que hacía el ascensor cuando dejaban la puerta abierta.

Entonces salía a cerrar la puerta del ascensor porque Herminia andaba con el asunto ese en la cadera que hacía que le molestara ponerse de pie. Tanto salir al pasillo, a María Silvia se le cerró la puerta de calle y quedó afuera sin poder volver a su casa.

Los vecinos abrían y cerraban las puertas de sus departamentos para ver dónde había quedado el ascensor abierto.

Todo inútil, era el audífono de María Silvia que no paraba de sonar.

De nada servía que tocara el timbre en su departamento porque por razones de seguridad Herminia no abría la puerta de calle bajo ninguna circunstancia, y menos si no estaba su hermana en casa. María Silvia fue hasta lo del encargado, llamó por teléfono, no consiguió que Herminia la atendiera.

Llamó a un cerrajero pero no pudo contratarlo porque no tenía dinero encima para pagarle.

Hizo no sé cuántas cosas más y al final consiguió entrar ayudada por el encargado, un policía, un agente sanitario del Hospital Argerich y el canillita de la esquina que terminó invitado a comer unos ñoquis de papa que Herminia hacía con una receta que era así: dos tazas de harina, dos tazas de agua y ni una pizca de sal.

Roberto Gárriz