ODRADEK.COM.AR

DOMICILIO DESCONOCIDO

Buscar: Ingreso de usuarios registrados en RespodoTodo
 

Número 30

Todo un palo

Hubo un tiempo, que fue hermoso, en el que creíamos en el futuro. Ese futuro, que fue el que la ciencia ficción soñó para nosotros, hablaba de naves espaciales, de las sorpresas que nos deparaba la tecnología, de las posibilidades del cambio social.

Pensábamos entonces que la ciencia ficción era un relato que permitía comprender, imaginar, un futuro distinto.

Pero parece que nos equivocamos. Quien primero lo vio, el profeta del fin del futuro, fue James Ballard.

A comienzos de la década del sesenta Ballard había visto (y vociferado) que el corazón de la ciencia ficción era lo que llamaba, siguiendo su peculiar lectura de la pintura surrealista, una “autopista al inconsciente”.

Así, lo que importaba (lo que comenzó a ser cada vez más importante) de la ciencia ficción era su posibilidad de evocar imágenes que se habían filtrado en nuestro inconsciente y, por lo tanto, se habían transformado en parte de nuestro modo de ser. Los cuentos que por aquellos años escribe Ballard son relatos en los que la parafernalia de la ciencia ficción aparece como un escenario, como un horizonte que enmarca la acción, pero que no la define.

Lo que Ballard construye en libros como el hombre imposible o La exhibición de atrocidades es una especie de Disney World apocalíptico, en el que sus personajes visitan displicentes las diferentes posibilidades de la catástrofe que la ciencia ficción ofreciera (sobre todo en Inglaterra) en años previos. Pero algo se echa en falta en los textos de Ballard.

Lo que cambia definitivamente cuando se incorpora Ballard (o Barry Malzberg, o lo mejor de Thomas Disch) al universo de la ciencia ficción es la posibilidad de maravillarse.

De alguna manera esto había sido notado por una generación previa de escritores de ciencia ficción (Dick, Bester, Tenn), para quienes el futuro ya no era radicalmente diferente de nuestro presente.

Sin embargo, para ellos, todavía había alguna diferencia: universos con extraterrestres y mundos paralelos, con naves espaciales y sueños lúcidos.

Pero es con “la nueva ola” de los sesenta que desaparece el énfasis, la sensación de que lo que se cuenta es extraño o amenzante.

La ciencia ficción se tornó entonces una escenografía en la que no era necesario comprender nada, ni nada era sorprendente, porque el mundo había perdido sentido.

La indiferencia se vuelve el tono narrativo. La ciencia ficción se torna entonces un decorado para la catástrofe.

Y no hay mejor muestra del triunfo de esta concepción del género que el éxito del cyberpunk.

Con las novelas de William Gibson y con La Guerra de las Galaxias la ciencia ficción se transforma (por procedimientos opuestos pero complementarios) en una vital pero cínica forma de relato, en la medida en que ya no hay nada que comprender: en ambos casos los personajes aparecen guiados por fuerzas que no sólo desconocen, sino que también prefieren ignorar.

El destino del héroe es la adaptación al medio. La desactivación de la sorpresa y del impulso epistémico habilitan que ese imaginario que había tornado distintiva a la ciencia ficción se pueda articular con el relato realista o con el thriller de espionaje.

Basta con ver Red de mentiras, la última película de Ridley Scott (sobre la guerra de Irak), en la que la fotografía sobreexpuesta y el uso de computadoras para inventar grupos terroristas no puede distinguirse de la imaginación del futuro de una película como Minority report.

Esa confusión entre relato realista y ciencia ficción sugiere que la imaginación del futuro se ha vuelto relato del presente, que ya ninguna tecnología puede sorprendernos, que el futuro, en fin, ya llegó.

Ezequiel De Rosso