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Número 8

Fiesta en el crucero

La envidia es así; no distingue matices, no entra en sutilezas, no tiene pretensiones de detalle.

A menos que intente justificarse por problemas morales (y en el camino perder su contundencia, hacerse virtuosa, ser sana), la envidia es dicotómica: aquello merece nuestra envidia, aquello otro no.

Cosas que por definición equivalen a “no tengo esto” y lo quisiera; o “sí, lo tengo”, y por lo tanto no necesito desearlo (al menos hasta que lo pierda). El problema es cuando la envidia se complejiza por simple entrecruzamiento de pares.

Por ejemplo, cuando las categorías de lectores rápidos o lentos se cruzan con las de lectores memoriosos o desmemoriados.* La combinación rápido/memorioso es sencillamente intolerable.

Una suerte de Terminator de las letras que, no contento con ser un lector prolífico, puede saber en qué cuento hay una riña de gallos (y cuál de los gallos la gana), o recitar los epígrafes de todas las novelas de un autor, o (la peor calaña de memorioso) distinguir entre distintas traducciones, que se corresponden con distintas ediciones, que efectivamente, difieren entre sí y cuya diferencia tiene importancia para lo que uno entendió o creyó entender. No se trata, aclarémoslo, de deslumbrarse por una acumulación de comentarios pedantes mientras el auditorio se adormece.

Se trata de que el desmemoriado suele ser un tipo sensible que quisiera charlar del libro que efectivamente ha leído, y no puede recomendárselo a nadie porque no recuerda el título, o se lo confunde con algún otro.

Y también suele ser un tipo tan adaptado a la vida social como para reconocer que no queda bien llevar fichas bibliográficas a una cena. Claro que si se trata de un lector rápido/desmemoriado, se lo tiene bien merecido.

Porque en el infierno de los que no pertenecen a las castas elegidas, esa combinación es una forma de justicia: no se puede neutralizar la contundencia de esa maldita velocidad crucero, pero sí se reducen los daños colaterales.

Todo lo leído cae de alguna manera en el pozo del olvido, y lo poco que queda los equipara a los otros, los hace parte del mundo más o menos aceptable de quienes leen lo que pueden en un tiempo moderado, humano. La mezcla lento/memorioso es, además de poco frecuente, anodina hasta el extremo; la falta de gracia propia de los que se quedan, sin remedio, en el campo de lo conocido. En el último escalón, avergonzados y escarnecidos, quedan los lectores lentos/ desmemoriados, aquellos que al menos tienen el orgullo de la envidia y la lucidez.

Esos que, cuando a las categorías se les da por cruzarse, no solamente saben que leerán siempre menos que los otros, sino que además van a tener que quedarse callados en todas las fiestas. *Nada de esto tiene mucho sentido, pero tiene algo de sentido si usted lee además Velocidad crucero en Odradek 6

María Martha Gigena