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Número 30

Oído al pasar

Hartung y Zoster, con sus nombres nacionalizados, parecían conformes con sus puestos técnicos en algunas fábricas militares de las que nunca hablaban.

Una cosa los apasionaba: mostrar que los nacionalistas, los comunistas y los peronistas eran lo mismo.

Que combatir a unos era combatir a los otros, que pactar con unos era pactar con los otros.

El coronel Cáceres no parecía tomarlos en serio, menos aún cuando llegaron con la noticia de que Isaac Rojas era un caballero.

Cáceres se rió y les prometió como regalo, para el próximo cumpleaños de cualquiera de ellos, un libro sobre las virtudes de un caballero.

Excluida la traición, por supuesto – dijo Cáceres – para recordarles a sus amigos el lugar que ocupaba Rojas en el gobierno contra el que conspiró. Pero no peleaban por esto, parecían saber que estaban fuera de combate; de alguna manera tenían un acuerdo táctico en que había que lograr interesar a los jóvenes en cualquier causa. Hartung se consideraba, y es posible que fuera, superior a Zoster (que, a su vez, era mundano y exitoso con las mujeres).

La timidez de Hartung era conocida; su capacidad para idealizar a las mujeres sólo podía compararse con su incapacidad para disfrutar de ellas. En cambio Zoster seducía a una, la pasaba por su bulín y buscaba a la siguiente.

Por alguna misteriosa razón la mujer con la que convivía no se molestaba.

Como siempre, las otras mujeres pensaban que no era una razón tan extraña, dada las amistades femeninas que cultivaba la señora.

Y con ese tipo de insinuaciones eran felices. Yo me enteraba un poco por Rainer, otro poco por Viviana Morel.

Por ella supe que Silvana, la mujer de Zoster, temía que secuestraran a su marido y le pidieran rescate.

Cuando él tardaba en regresar imaginaba que lo habían matado. Viviana Morel me decía que habría que conocer el pasado del marido para entender el miedo de su mujer. Hartung, aunque cada noche iba a comer a la casa de los Zoster, nunca fue sospechado de cortejar a Silvana, como si no fuese considerado un hombre. Admiraban su erudición, sus especulaciones sobre la diferencia entre el coraje físico y el coraje frente al dolor y la muerte.

Era un tema que estaba más allá del oficio militar, era un tema que definía la manera de ser un hombre. Y, por educación, la hombría era más que las mujeres.

Germán García