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Número 29

En la madrugada
El muñeco de 'Vicente I'

En la madrugada del 3 de diciembre de 2008, después de una reunión extenuante y de la discusión con una mujer que gravitó en las últimas décadas de vida, abrí con un cuchillo las hojas selladas de un libro de Soloviev cuya versión original fue publicada en Rusia en 1892.

Ahí, frente a mi, el volumen de 141 páginas de Aubier, Editions Montaigne, impreso en París en l946 (dos años después de que yo naciera en Junín, Pcia.

de Bs.

As.). El libro lo encontré de casualidad en la biblioteca de un amigo; lo había comprado después de la muerte de Raúl Sciarreta – el filósofo que me orientó en algunas lecturas de mi juventud – muerto en un hospital público.

Durante su agonía, los que lo habían acompañado en la soledad de una vida enigmática, vendían su biblioteca que era legendaria, para solventar los gastos que suponían los medicamentos. Nada de eso serviría, porque después de un encierro paranoico en una habitación de su propia casa, fue arrastrado al hospital con un mutismo que la muerte convirtió en absoluto. El libro de Soloviev se titula Le sens de l’amour y estuvo sin ser abierto durante 62 años.

Ahora, en la madrugada, leo algunas líneas mientras separo sus páginas, después de 116 años de su edición original.

Nada de esto ocurriría sin Alexandre Kojève, de quien me ocupo hace un tiempo, que dedicó su tesis al estudio de este místico ya importante en su temprana juventud en la Rusia que abandonó en 1920.

Según Soloviev, entre los peces superiores, hay embriones fecundados por los machos fuera del cuerpo de las hembras.

La combinación, conjunción, que puede reproducir una especie orientada hacia el exterior, también conduce el absoluto cuando se la orienta hacia el interior.

Algo así. Raúl Sciarreta era soltero, dedicó su vida a la lectura y a la enseñanza.

También traducía y tuvo algún cargo en el Partido Comunista.

Fue secretario de Ramón Carrillo, un ministro de Perón, destacado sanitarista un poco fanático de la eugenesia.

Quizás locuras de juventud, porque la vida es una cosa rara y sus combinaciones y conexiones mucho más extrañas todavía que la de algunos peces superiores.

Germán García