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Número 29

El tiempo

El señor Shim no creía en el tiempo.

La regularidad amodorrada con la que se presentaba cada nuevo día le generaba desconfianza.

Sospechaba que las horas lo esperaban insomnes en algún rincón oscuro de su casa, premeditando cronogramas absurdos para aturdirlo.

O hilando imponderables con la ferocidad impertérrita de quien se cree un niño.

Veía desfilar el tiempo con sus tramos perfectamente ordenados en las esferas de los relojes y sabía que era sólo un ardid.

En un abrir y cerrar de ojos, los minutos pasaban de a tres o de a cuatro, y aunque a veces parecía que jugaban al juego de las estatuas, otras veces corrían de a montones y se movían de sus puestos silenciosamente, o peor, disimulando el murmullo de sus tropiezos tras el engaño del monótono son que nadie escucha.

El señor Shim tenía un reloj en cada pared.

Pero solía descansar en un sillón desde donde no veía ninguno.

Tenía que pararse para ver la hora.

Luego se sentaba, como un combatiente sitiado, atrincherado en esa farsa de lucha, ansiando y temiendo la aparición de algún tiempo perdido.

Y antes de lo que pensaba, anochecía. Un día golpearon a su puerta.

Fue después de que sonó el timbre un par de veces y el señor Shim no tuvo ganas de ir a abrir.

Pero cuando golpearon sí, decidió que era mejor averiguar. Era el hijo de la vecina con un pequeño gato en brazos. - Mirá qué lindo, Shim.

¿No querrías tenerlo, que a mí no me dejan? Lo encontré en el fondo, cerca de la puerta verde.

Se llama Octubre.

El señor Shim escuchó la voz de su mujer preguntando entusiasmada si era macho o hembra.

El aire que movió la puerta al cerrarse se impregnó de un perfume agradable.

Tan agradable que el señor Shim sonrió sorprendido mientras decía en voz alta: - Esto tendría que haber pasado antes.

Nora Martinez