ODRADEK.COM.AR

DOMICILIO DESCONOCIDO

Buscar: Ingreso de usuarios registrados en RespodoTodo
 

Número 29

Cuentos seniles
Cuentos seniles

Cuentos seniles (Historias eran las de antes) Clotilde perdió su trabajo en la caja del salón de peluquería para caballeros cuando los caprichos de la moda decidieron que los hombres se dejaran de cortar el cabello.

Hombres jóvenes y no tanto se paseaban con los pelos recogidos en colas de caballo, que sumados al nuevo y uniforme sentido del gusto (del mal gusto) en el vestir, hacía reinar la confusión entre géneros –masculino y femenino-, decía que por el pelo largo y la ropa se confundían a los hombres con las mujeres.

Venía a cuento de la historia de Clotilde, la que trabajaba en la caja de la peluquería, que desde el liceo podía dividir números de seis cifras con decimales en pocos segundos.

Digo que era muy buena para las matemáticas. En la peluquería pusieron unas computadoras que valían un dineral, que los muchachos que trabajan allí tocaban la pantalla con un dedo y la máquina solita informaba cuánto era lo que el cliente tenía que pagar. Una mañana.

O tal vez fuera una tarde, que Clotilde, la que trabajaba en la peluquería, pero para esa época ya la habían despedido, o solamente le dijeron que no fuera más, porque la tenían en negro, porque como ella cobraba pensión sabían que no podía reclamar nada.

Justamente Clotilde, volvía de cobrar la pensión, entonces, sí, no podía ser más de las 3 de la tarde, de ese día que algo pasó con el sistema, no con el sistema del banco que pagaba la pensión, algo pasó con el sistema ese carísimo de las pantallas de la peluquería, o puede ser que se haya cortado la luz.

El asunto es que Clotilde pasó por ahí y miró para adentro de la vidriera, quizás para saludar, o acaso tan sólo por coqueta, para acomodarse la peluca en el reflejo del vidrio, la cuestión es que los muchachos la llamaron. Pasaba que de tanto acostumbrarse a usar la máquina computadora, ahora que no la podían usar, no se acordaban cómo hacer una simple operación de adición, y ni hablar de sacar el porcentual para cobrar el impuesto al valor agregado. Clotilde, por supuesto, los salvó en la emergencia y volvió a su casa contenta, con la satisfacción de saber que la inteligencia natural del hombre, jamás será superada por la artificial. En la peluquería en cuanto volvió a funcionar la máquina cotejaron las cuentas de Clotilde con los resultados de la computadora.

Eso sí, no puedo acordarme si hubo diferencias o si no.

Roberto Gárriz