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Número 28

Las minorías son vengativas

Lo había escuchado en un colectivo o en algún lugar impersonal, acaso fue en una muestra rodeado de artistas visuales, ahogado por la cultura de la imagen.

Porque era ésa mi sensación, de nudo en la garganta, un bolo alimenticio fijo en pleno esófago, como ascensor descompuesto entre pisos.

Cambié de dirección la mirada sintiéndome tocado y, con la vista perdida, quizá en un paisaje abstracto, se me cruzó por la cabeza: pero si ahora hay libertad, se puede ser orgullosamente africano, maorí y hasta mapuche; Libertad Lamarque, contesté para mis adentros.

Este tipo de frases temibles, que en mi caso siempre aparecen de manera pendular, aclaro, por la frecuencia con que las detecto, me genera una profunda angustia.

Que yo sea esmirriado, feo como un lagarto y tan insignificante como la millonésima parte de un milímetro, no quiere decir que sea sordo, mucho menos estúpido.

Aunque, con el correr de los años, admito sólo mi paranoia, adquirida con razón en la infancia; una niñez triste, atravesada por la sospecha endémica, por intermitencias afectivas, por la miserabilidad.

Y, sin embargo, en ese momento, estuve casi a punto de reaccionar.

Pero, matemáticamente, comparable con infinidad de circunstancias, ganó otra vez mi famosa tara infantil: negación neuronal que prohíbe emitir una orden para expeler el aire que nunca pasará por cavidades y cuerdas vocales, la respuesta cristalizada en palabra, que conforme transcurren los segundos se torna muy trabajosa, más imposible de exteriorizar, según los entendidos.

Muchos, en cambio, afirman llanamente que soy un cagón.

La cuestión es que aquella frasecita dicha al pasar, analizada ahora, fue una falacia, de lo contrario yo, la minoría, me hubiese rebelado.

Queda evidenciado en este breve ejemplo, que para situaciones como la recientemente expuesta sirve la cultura, porque gracias a mi profunda observación, puedo aseverar que no soy ningún cobarde y, para probarlo, esta mismísima noche voy a acostarme sin tomar mi acostumbrada dosis miligrámica de bromazepam; entonces, todo el mundo contento.

Sergio Fombona