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Número 28

Flesh wound

Hubo un tiempo en que encontraba literatura exclusivamente en los libros.

Me dormía con uno de ellos sobre el estómago, y al despertarme le pedía a quien fuese que estuviera allá arriba (aceptémoslo: incluso los que no creemos en nada le pedimos cosas a “alguien” allá arriba): “por favor, hacé de mí un escritor y te juro que te entrego lo que sea”. Una y otra vez el mismo pedido, temprano, antes de ir a comerme mis nueve horas de oficina, y con la marca del libro de turno todavía ardiéndome en el pecho.

Porque esos ejemplares quemaban.

No es una metáfora. “La crucifixión en rosa” me dejó tres cicatrices paralelas a la altura del ombligo.

“Moby Dick” vive en la medialuna amarronada de mi costado izquierdo, a la altura del enorme depósito lipídico que recubre mi cintura como un neumático de semirremolque.

“American Psycho” está esparcido en forma de arañazos a lo largo de mi espalda.

“El ruido y la furia” se llevó de un tajo mi tetilla derecha, dejando en su lugar un pequeño cráter negruzco.

“Espinazo” me chamuscó la ingle (y los huevos me ardieron durante semanas). “Hacé de mí un escritor y te juro que te entrego lo que sea”. Ahora hay diez o quince tipos que se encierran durante una semana para escupir treinta páginas brillantes.

La mejor literatura que se pueda encontrar hoy se llama The Sopranos, Six Feet Under, Californication. Todas esas heridas en la piel no sirvieron de nada.

Adrian Drut