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Número 28

Instante en el zoo

Alegres todos; mamá camina apartada del que cuenta y de Leopoldo.

La veo acercarse, me aprieta el brazo y se inclina para gritarme nunca tuviste una tía llamada Mauricia, terminá con esos disparates. Leopoldo se mira la punta de los dedos cada vez que dice la palabra praxis y después mira los ojos (quizá las orejas) del que cuenta y vuelve a gritar Praxis, Praxis, como si voceara un diario. Mamá, no digo tierna, va por el costado de un camino de asfalto, hunde los tacos en el pasto, se detiene en cada paso y mira la nuca del que cuenta, en el instante que éste dice que es un hombre sincero, que el desgarramiento pasa por las pasiones que se encarnan.

Tiene carne de gallina cuando dice encarnan, porque cuando dice encarnan habla seguramente de la carne.

De su carne, no de la mía: de mi carne, no.

No de mi cuerpo, de su cuerpo.

¿O quiere hablarle al cuerpo de Leopoldo? ¿O al cuerpo de mamá? Le habla a un cuerpo, no al mío, al mío, no. El que cuenta y papá tratan de seducirse y cuando están de acuerdo se palmean, miran al cocodrilo en un charco donde, casualidad no resuelta en el cartel, hay un sapo.

Y cuando miran, los dientes del cocodrilo se ven grandes y desparejos por los bordes de la trompa.

¿Será una trompa? Sonríen.

Mamá está unos pasos detrás, vuelven a sonreírse y miran –ahora sí- los dientes del cocodrilo.

Y mamá se adelanta, toca el hombro de Leopoldo y pide un cigarrillo. Es un gesto, con la punta del zapato izquierdo levantada, mirando –ella sí- el sapo. Fuma (mamá) frente a las rejas del gorila mientras hundo una rama en el pasto.

Las voces del que cuenta y Leopoldo se confunden, son armoniosas, dicen la misma frase colocando una palabra cada uno.

Unidad de los contrarios (he escuchado de Leopoldo). No hablan de la carne de nadie, ahora contentos y juntos están mirando al cocodrilo inmóvil, sin vértigos, serenos por ese acuerdo al que llegaron.

Los tres, incluso mamá, están en paz.

No miran ni por casualidad hacia mí.

¿Los pondría intranquilos? ¿Se acordarían de la escuela, de la maternidad, de mi hermana en casa, de cuando eran chicos, de sus muertos? Ahora los tres me miran y parece que no piensan. En un momento puede ocurrir lo imprevisto (eso nunca ocurrirá, ni pasará, ni ra-rá) y el que cuenta dice nuestra infancia no se inclina aquí, no somos Joyce.

Concluido, listo.

Germán García