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Número 28

Mudanzas

Mi primera mudanza de adulto -o algo así- la hicimos en un colectivo.

Era el interno 247 de la línea 79.

Papá lo consiguió prestado para ese día.

Entró todo, todo, que era bastante poco.

Algunos libros, la mesa que me había regalado mi abuela, una cama y no mucho más.

Antes de ir al depto pasamos por la casa del amigo que iba a vivir conmigo, para buscar sus cosas.

El departamento quedaba Caballito o Almagro -Rivadavia y La Plata, justo en el límite de los dos barrios-, y ahí vivimos, con mi amigo, durante dos años.

Papá pensaba que yo nunca más iba a volver a Burzaco.

Lo pensaba, tal vez, porque cuando vivía con ellos no hablaba, estaba siempre encerrado en la pieza y no mostraba, ni siquiera, un mínimo gesto de afecto.

En la época de la primera mudanza tenía 21 años, un puñado de cuentos escritos, cantidad de poemas y la certeza de que en poco tiempo me iba a convertir en un gran escritor.

Eso nunca pasó, lo de convertirme en un gran escritor, me convertí en un escritor a secas, pero empecé a comprar libros usados en las librerías de Corrientes y me hice lector, un lector bulímico, casi compulsivo.

La segunda mudanza fue a San Telmo.

Papá nos ayudó.

Éramos tres los que íbamos a vivir en aquel departamento de la calle Chile, ese departamento que tenía un patio más grande que todas las habitaciones juntas.

Con el tiempo mis amigos se fueron, primero Silvito, después Fabi y yo me quedé -casi 10 años-: viví solo, viví con una mujer, nació el Ponchi y después llegó la siguiente mudanza, a Barracas.

El depto comprado unos pocos meses antes del despelote de 2001.

Papá siempre estuvo en mis mudanzas, pero se perdió la última, la de Avellaneda y también la próxima y todas las que vendrán.

Se perdió el pelo largo del Ponchi, la llegada a mi vida de Majita y esta sensación rara de los últimos meses: la necesidad de volver al sur, al barrio, la necesidad de ser, otra vez, bonaerense.

Él pensaba que yo nunca volvería, pero todo cambió.

Ahora necesito sentir el pasto y el barro en la piel.

Andar en bici, con el Ponchi, a toda velocidad, por calles de tierra.

Quedarme un buen rato sentado, debajo de un árbol, mirando el cielo nublado y desear la lluvia, más que cualquier otra cosa, sentir que la ropa se me pega al cuerpo.

Ariel Bermani