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Número 28

Gris de ausencia
Señora de Burzaco I
Señora de Burzaco II
Señora de Burzaco III

Alejandro S.

era compañero del colegio de mi hermano, mucho más grande que yo, como 4 años me llevaba, y mi hermano me había contado que en un accidente había perdido el dedo grande del pie, que es el que está al lado del dedo gordo.

Andando en bicicleta descalzo, se cayó y el pie derecho fue a enredarse entre los rayos de alguna de las dos ruedas, y chau dedo. Era verlo a Alejandro S.

y fijar la vista en su zapato, intuyendo una zona carente de relleno, puro vacío.

Yo miraba, tratando que no me viera él cuando yo miraba.

Es una situación que parece parecida a mirar el busto de una mujer, pero no lo es.

El busto que está se mira, y la carencia no, no se mira la falta.

Que era lo que yo hacía con el pie derecho, o mejor dicho, con el calzado de Alejandro S..

Miraba intuyendo lo que no había, un gris de ausencia.

Pasaron los años y la diferencia de edades se acortó.

Me lo encontré en Mar del Plata, en la playa.

Me descubrí nuevamente atraído por sus alpargatas, que no se quitó durante todo el encuentro, ni aún cuando le sugerí que el calor ameritaba un chapuzón en las gélidas aguas de la perla del Atlántico.

¿Qué misterio encerraba esa ausencia? Se me revolvía el estómago pensando en ese dedo inconcluso, interrumpido, desprolijo como un crayón fracturado.

Me asaltaba cierta hostilidad hacia la falta de uña, aunque supiera que las uñas de los dedos de los pies resultaban accesorios absolutamente inútiles. Quería ver el dedo que faltaba pero me moría de la impresión ante la posibilidad que me lo mostrara.

Unos años más tarde ya no me parecía tan grave la carencia de Alejandro S., ahora me indignaba haber respetado el misterio, no haberme propuesto derrumbar el mito.

Jamás había hablado con Alejandro de su accidente, ni de sus consecuencias, disfunciones o extrañamientos.

Fue entonces cuando salió en el diario que Alejandro S.

había sido designado en un importante cargo en el Ministerio de Economía, o en la Dirección de Impuestos, no recuerdo bien.

Concerté una entrevista, ingresé en su despacho y le expliqué cómo había sabido de su problema, las incógnitas que me había generado y le dije que me arrepentía de no haberle propuesto un espacio para conversar del tema, para que pudiera mostrarme con toda franqueza el dolor de no tener… - Estás equivocado –me interrumpió- yo nunca sufrí un accidente.

Tal vez te hizo alguna broma tu hermano, o le entendiste mal. Y siguió hablando tratando de convencerme, pero yo había perdido todo el interés en la conversación, y acaso en el mismo Alejandro, que me parecía tan cambiado.

Roberto Gárriz