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Número 27

De Rusia con amor

A contramano de la primavera, que obediente con su fama de fertilidad y días soleados, reprodujo por docenas a jóvenes socios con sus mochilas al hombro, Betty persistió por los primeros días de septiembre con el vestuario invernal en el que mezclaba el montgomery gastado que alguna vez fue de Alcides y el gorrito pituco que le regaló la querida María Luisa para el Día del Amigo.

Convencida de los beneficios de las infusiones que la misma Betty me enseñó en mis primeros días en la Biblioteca, y dispuesta a pasar por alto semejante muestra de frío interno, le preparé un tecito helado y se lo llevé hasta el depósito, con la secreta esperanza de que su incursión por esos anaqueles no tuviera otro fundamento que el del orden obsesivo.

Pero esa dichosa posibilidad quedó rápidamente descartada cuando, desde la puerta, la luz de la ventana me mostró a una Betty asomada a la banderola y susurrándole vaya a saber qué cosa al bicho canasto que habíamos decidido no remover de ese secreto refugio hasta el invierno.

Acercarme y que tratara de bajarse con cierta elegancia fueron una sola cosa, y Betty, lejos de hacer algo por superar la incomodidad de la escena, se explayó en las dificultades que su don de gentes afrontaba frente al silencio con que la larva resistía los intentos de diálogo.

Mirando por encima de su hombro, y aprovechando que los anaqueles que quedaban a la altura de mi mirada cargaban con algunos clásicos de la lingüística pragmática, intenté raudamente soltarle un conjunto de ideas sobre la posibilidad del diálogo, los actos de habla y las últimas teorías de la comunicación.

Pero Betty, con la mirada comprensiva de quien ya pasó por las explicaciones de los papers académicos y los test de Para Ti, miraba fijamente los dos cubitos que flotaban en el ice tea y esperaba amablemente el momento de meter un bocadillo.

Un rato después, asentí en silencio cuando Betty me dijo de la necesidad de hablar aunque el otro ya no escuche, y de las bondades de callarse cuando las explicaciones ya fueron demasiadas o quizás ninguna, y de la duda entre gritar o llamarse a silencio por mil años, y de la dificultad de entender el modelo de Jakobson cuando llega la primavera.

María Martha Gigena