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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 27

Papá manejaba dormido

A Jardín Florido lo cargaban porque salía con una mujer muy fea.

“El mono”, le decían, a la fea.

No era su novia ni nada, era su amante.

Los colectiveros tienen, en general, una gran capacidad para acumular mujeres, para apilarlas.

Pero les cuesta diferenciar.

Ellos apilan, nomás.

Me acuerdo de ese tango de Discepolo, cantado por Julio Sosa, que le gustaba mucho a papá, “Justo el 31”.

“Era un mono loco que encontré en un árbol, una noche de hambre que me vio pasar”, cantaba Sosa.

Además de Jardín, otro gran bagayero era el Exquisito.

Lo llamaban así porque no tomaba mate, tomaba té.

Eso lo convertía en un tipo sofisticado.

Una vez, papá y yo subimos al colectivo del Exquisito y el tipo le daba charla a una gorda descomunal que estaba vestida con una calza fucsia.

Papá me guiñó un ojo y yo pensé enseguida en el tango de Discépolo.

Papá, muchas veces, manejaba dormido.

Un día me dijo que a la madrugada sentía que se le cerraban los ojos y perdía la noción de la realidad.

De repente se sobresaltaba y se daba cuenta que estaba sentado en el colectivo, que casi no había pasajeros, y que había avanzado veinte o treinta cuadras desde la última vez que tuvo conciencia del tiempo. Al Ponchi le cuento, a veces, algunas historias de colectiveros.

Cuando él nació ya papá no manejaba, estaba adentro, en las oficinas, por eso el Ponchi no tuvo mucho rodaje en los colectivos.

Sino hubiera pasado horas, como yo, viajando de Varela a Constitución y de Constitución a Varela.

Y a San Vicente, a Glew, a Calzada.

Al Ponchi no le gustan los colectivos, él adora los taxis.

Pero no es lo mismo viajar en taxi.

A mí me encanta subir a un colectivo y observar a la gente, observar al chofer, escuchar las conversaciones.

Una vez, en un 24, vi cómo el chofer aprovechaba cada semáforo rojo para abrir la puerta y hablar de computadoras con uno de sus compañeros de línea.

Los dos estacionaban los colectivos a la par y uno le decía al otro, por ejemplo: “tenés que cambiarle los periféricos mixtos”, y yo disfrutaba sintiéndome como un personaje de alguna película de Godard. Me acuerdo mucho de papá, últimamente.

Sobre todo tengo la imagen, enorme, de sus bigotes.

Un bigote de muchos colores.

Blanco, colorado y también un poquito marrón, en la zona de la boca.

Marrón de tanto tabaco.

Ariel Bermani