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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 27

Habitación 211

Subo los dos tramos de escaleras de mármol después de atravesar el umbral desierto.

Hay un silencio que lo inunda todo.

El silencio de la muerte inminente, el silencio ciego de lo irremediable, el estallido ensordecedor del vacío.

Me detengo en el descanso del entrepiso.

Enciendo un cigarrillo que fumo despacio, dejando escapar el humo por los ventanales abiertos que dan al parque.

El revoltijo de mis tripas se calma de a poco.

Hace años que no puedo pisar un hospital sin que instantáneamente se me declaren unas náuseas incontrolables.

El pasillo, iluminado apenas con una luz mortecina y amarillenta de tubos fluorescentes, está reluciente y deshabitado.

Apenas dos bancos de madera oscura y un teléfono público.

Me ofrecí a pasar la noche aquí, pero en realidad no quiero hacerlo.

Ni siquiera sé si tengo la fuerza suficiente para hacerlo.

Puedo ocuparme de trámites interminables, puedo hacer largas colas, puedo lidiar con empleados descerebrados, puedo conseguir lo inconseguible en tiempo record, puedo hacer malabares con los formularios, los documentos, las recetas, los justificativos y las órdenes médicas, puedo atravesar media ciudad a horas estrambóticas, puedo hacer todos los llamados necesarios, puedo vaciar recipientes llenos de pis, esputos y mierda, conectar y desconectar tubos de plástico, sueros, bolsas de colostomía y goteos.

Pero sencillamente no puedo pasar la noche aquí.

Es una sofocación egoísta.

No hay modo.

Y él lo sabe.

Cuando tres horas después, ya de madrugada, me pide por favor – como si el favor se lo hiciese yo a él – que me vaya a casa, que no es preciso que me quede, que faltan pocas horas para que llegue el relevo y que se siente bien, él lo sabe.

Y yo, que soy un jodido egoísta, se lo agradezco y le doy un beso, y bajo los escalones, y enfilo hacia la puerta enrejada, y respiro el aire descompuesto del hall de entrada, y me quedo un rato afuera, fumando, antes de meterme en un taxi. A la mañana siguiente abro los ojos y mi mano choca contra una botella vacía, y cuando me levanto mis pies se posan sobre un charco húmedo y amarillento.

Es la tercera vez en la semana que meo dormido y de pié en medio del cuarto.

Adrian Drut