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Número 27

Octubre

Octubre, la gata gris, dormía a los pies del señor Shim toda la noche.

El señor Shim tenía un mal dormir.

Sacaba los pies de las cobijas aunque estuviera tapado con dos frazadas hasta la mitad de la cara.

Era minucioso y metódico a la hora de abordar las diferencias.

Prefería tener frío o calor en distintas partes del cuerpo antes que dejarse apaciguar por la tibieza uniforme, por el equilibrio de la conveniencia; la negociación no era su fuerte.

El señor Shim comenzaba la noche durmiendo sobre el lado izquierdo y cuando giraba en la cama, la pierna que antes estaba abajo se extendía en alto hacia la derecha haciendo un arco perfecto por encima de la gata, sin siquiera rozarla.

En los siguientes y constantes giros, hacia un lado y su reversa, haría lo mismo.

El mismo resguardo.

Aún sumergidos ambos en las profundidades caleidoscópicas de sus sueños, cada uno reservaba una pequeña área de dominio motriz destinada a profesarse respeto mutuo.

Tenían un buen sentido nocturno de la convivencia.

Los unía una larga amistad basada en la precisión, sin que esto significara que uno actuase como reflejo del otro.

Cuando el señor Shim pasaba de un sueño a otro, resoplaba largamente con un remate estrepitoso.

La gata dejaba pasar un minuto y medio y lanzaba un ronquido leve, brevísimo, confirmando que todo seguía en su cauce y que no había sido molestada. Cinco minutos antes de sonar el despertador, Octubre estiraba al máximo su columna con la inhalación de un bostezo y se mudaba a la almohada para estar cara a cara con el señor Shim cuando despertase.

Los cinco minutos se le hacían una eternidad.

Pero aguardaba erguida por la prudencia, sabiendo que no habría en el mundo mayor prodigio que los ojos abiertos de ese hombre tan amado.

Nora Martinez