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Número 27

El silencio invisible

En el parque el silencio era total, era absoluto, era un descanso en la escalera de los balbuceos, un cráter en la llanura de los alaridos, un asiento en el museo de los chillidos.

Pero no era como una carie en el molar del bisbiseo del viento ni un cálculo en la vesícula de las séptimas mayores: era un recreo lejos del patio vigilado por los timbres preceptores y las señoritas campanas, una marioneta libre de los hilos de las exclamaciones. El silencio me hacía sentir cómodo y bueno, más cómodo que la ostra para las perlas y más bueno que el yodo.

Me hacía más poderoso que un pisa papas eléctrico o que un lector de pensamientos de bolsillo y deseé que fuera tan perdurable como el éxito de los escarbadientes. Pero en un momento el silencio empezó a parecerme sospechoso y redundante, tan sospechoso como un perro violeta y tan redundante como el mate amargo.

Ya no me sentía cómodo ni bueno y mi seguridad era la misma que en un ascensor sin paredes.

Lo único seguro era la posibilidad del peligro, un peligro tan abrumante como una cuchilla sin mango.

La incertidumbre me producía más temor que las máscaras de oxígeno amarillas de los aviones o que la sed en el desierto. Anhelé impetuosamente que algo cortara el silencio, de la misma forma como se cortan para siempre las cintas de embalar de las encomiendas.

Ansié la intencionalidad de los bocinazos, la perseverancia de los zumbidos y la diligencia y predisposición de todas las ondas sonoras que interrumpen la siesta.

Pero esperar me fue tan útil como un molino sin aspas o un café frío. Cuando decidí ponerle fin a mi titubeo y descubrir de dónde provenía la fuente de mi perturbación, caí en la cuenta de que el silencio estaba tan en mí, era tan absoluto y total, que ya ni pude ver el parque.

Javier Laquidara