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Número 27

Periodismo cultural de investigación

Nos reunió el Director Editorial y nos comunicó los recortes: prescindirían de los correctores, a partir de ese momento cada uno corregía sus notas y se terminaban las especialidades.

Los de Cultura teníamos que salir a la calle, dijo, buscar nuestro material ahí, salir de la burbuja, hacer periodismo de investigación. Caminé por Florida buscando algo que me llamara la atención, un enigma para resolver.

Lo encontré: los carteles de los mendicantes, todos escritos sobre cartón en letras desparejas, tipografías horrorosas, plagados de fallos ortográficos.

¿Por qué? “Soy sordomudo…”, “Tengo 7 hijos…”, “Me faltan las piernas…”, “Soy mujer…” pero ¿y por qué esa letra? Alguien dirá que la falta de práctica en la escritura, pero ¿acaso quienes hacen un hábito del pedir no pueden solicitar a alguien más prolijo la confección de sus carteles? ¿o es que hay una misma mano detrás de esas mayúsculas de distinto tamaño? Enseguida recordé a los acordeonistas yugoslavos o húngaros que poblaban nuestras calles hace unos años.

Aparecieron con las privatizaciones acaso como parte de algún convenio espurio.

Ellos también portaban carteles pésimamente escritos.

¿Qué se ha hecho de ellos? Que yo sepa ninguno se ha destacado en su especialidad, y eso que practicaban a toda hora, bajo las inclemencias de la intemperie.

Con mucho menos dedicación Marta Argerich, Gerardo Gandini o Pablo Saraví, han logrado la excelencia. Diez años después del furor tan solo queda la plúmbea novela de Bernardo Atxaga El hijo del acordeonista, del resto de esos músicos ni noticias. Ese sería mi tema de investigación: músicos emigrados de países de detrás de la persiana metálica que misteriosamente tan pronto están como dejan de estar.

Tenía que encontrar una explicación. Luego me dí cuenta que al mismo tiempo que se esfumaban los acordeonistas se terminaban también los dibujos búlgaros en las corbatas, entonces tuve la seguridad que atrás de estas supuestas coincidencias se hallaba una organización mucho más importante de lo que me temía.

Roberto Gárriz