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Número 26

Jardín Florido

Mi papá no fue feliz.

Nunca voy a saber qué tipo de vida le hubiera gustado tener, pero sé, estoy seguro, que no le agradaba la vida que tenía.

Siempre reconocí un gesto amargo en su cara.

Opaco.

No pudo estudiar, no pudo dedicarse a la música.

No pudo ser ingeniero.

Ni tener un hijo que heredara su gusto por los autos, -o que fuera médico, abogado o algo así-.

O que por lo menos aprendiera a manejar.

A los catorce años, tal vez a los quince, ya trabajaba en la panaderia de mi abuelo.

Mi abuelo se enfermó y estuvo diez años consumiéndose y mi papá se convirtió en el hombre de la casa.

Y ya nunca dejó de trabajar.

Se hizo panadero y pastelero hasta que, en los años setenta, como casi todos los pequeños comerciantes y pequeños empresarios nacionales, se fundió.

Y tuvo que empezar de cero.

Entró como chofer de colectivo en la San Vicente y ahí se jubiló, treinta años después.

En sus últimas épocas en la San Vicente se ocupaba de planificar los recorridos, era jefe de calle.

Tengo guardadas en algún lugar de mi cabeza cientos de historias de colectiveros, cosas que él me fue contando.

Me habló del chofer al que le decían Jardín florido, porque una vez fue a trabajar con una camisa floreada.

Es buenísimo ese apodo, Jardín florido.

Me contó muchas veces, también, aquel episodio de la mujer embarazada: nadie le daba el asiento, el colectivo estaba lleno, por eso él frenó y se puso de pie y dijo: venga señora, siéntese acá, y le ofreció su lugar. No le gustaba manejar el colectivo.

A veces, cuando siento un leve malestar pensando en él, me digo que, en definitiva, nada de lo que pasó con su vida es culpa mía.

No me vio publicar –me hubiera gustado que me viera publicar-, pero conoció al Ponchi y compartieron muchas horas.

Una vez, él y mamá lo llevaron al Mc Donalds tres veces en la misma tarde.

El Ponchi quería acumular una buena cantidad de los juguetes que vienen con la cajita feliz.

El Ponchi es feliz.

Eso me ayuda a combatir la ansiedad y a dormir tranquilo.

Uno no elige a los padres, tampoco a los hijos, pero todos terminamos haciendo, en última instancia, lo que podemos por ellos.

Papá siempre vivió en barrios del Conurbano.

Unos pocos meses después de que lo jubilaran, se murió.

Tenía 63 años.

Había nacido en Bernal, en febrero de 1941.

Ariel Bermani