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Número 8

Cosas en el mundo

La primera vez que visité la Feria del Libro fue en 1984.

Yo tenía entonces 10 años y mi viejo me compró Viaje por las galaxias, de Edward Packard.

Era el primer volumen de una colección notable: Elige tu propia aventura.

Con el tiempo tuve muchos libros de esa colección. Todavía recuerdo la excitación que tenía porque me iba a comprar uno de esos libros de los que tanto se hablaba.

Todavía recuerdo, también, la figura alta de mi viejo, que, con cierta prescindencia, me acompañaba por los stands.

Gran parte de eso (los libros para chicos, la altura de mi padre) se perdió irremediablemente cuando crecí y dejé de leer los libros de Elige tu propia aventura. Lo que todavía persiste es la excitación que me envuelve cada vez que entro a la Feria.

Esa especie de mercado persa en el que todos reparten papelitos que son como un modelo a escala de la propia Feria: coloridos, enfáticos y olvidables. Claro que con los años mis gustos han cambiado.

Ya no me gustan tanto los papelitos (con mi hermano y un amigo, Diego, los juntábamos con afán de coleccionista), y descreo de los stands de las librerías (que en alguna época, cuando todavía estaba en la secundaria y paseaba poco por el centro, me parecían los mej ores lugares de la Feria).

Ahora me detengo casi exclusivamente a los stands de ofertas y los de países latinoamericanos, a encontrar textos que no se encuentran en las librerías o algo que, si se encuentra, no se puede pagar. A la Feria fui con todos mis amigos: con Rava agotamos todas las ofertas del stand del Fondo de Cultura Económica, con Leo tomé un café mirando desde arriba el hormigueo de los paseantes, con Mariano visité (por única vez, pero todo hay que probarlo en la Feria) el stand de Ricordi, con Lore me decidí por algún libro infame. Claro que no todos tienen paciencia: para mí la Feria hay que peinarla, recorrerla en detalle para pescar la curiosidad bibliográfica que siempre aparece.

Mi amigo Marcelo, por ejemplo, me lleva a esos stands en los que nada puede comprarse, pero todo es bellísimo y raro. En la feria inclusive me dieron un premio, que consistía en una novela de Leo Perutz, que mi madre miró con sorpresa pero segura de que mi destino estaba en las letras.

En la Feria, tal vez por eso, soy moralista: una vez me cobraron mal por un libro de Alsina Thevenet y devolví el dinero; otra vez Mónica, mi mujer, quiso robar un libro y la detuve.

Todavía me reprocha la cola que tuvimos que hacer para pagar un peso. En la Feria compré por un peso Música japonesa, de Fogwill, por dos pesos los escritos de Dziga Vertov, por cinco El conocimiento ordinario, de Michel Maffesoli, por diez las Obras, de López Velarde, por treinta La obra de arte en la era moderna, de Jean-Marie Schaeffer.

No sé cuánto pagó mi viejo por Viaje por las galaxias.

La segunda parte de Ser americanos de Gertrude Stein (la primera no estaba) y Cómo hacer tapices, me los regalaron en el mismo stand a mediados de los noventa. Voy todos los años a la Feria.

Siempre compro algo y la recorro completa: su banalidad apasionada, mezcla de Las Vegas y Babilonia, siempre me recuerda que los libros son cosas, muchas cosas, en el mundo.

Esa obscena persistencia es, también, una forma de memoria.

Ezequiel De Rosso