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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 26

Odradek en la llanura

El sótano donde estaban refugiados era opresivo para Odradek porque le recordaba sus días de Praga, cuando creía estar atrapado en la perplejidad de aquel padre de familia. Decidido, se deslizó por una abertura que conducía, a ras de la vereda, fuera de la penumbra que había compartido durante unos días con argentinos.

No estaba tan cómodo como en París o Londres, pero conocía algunas palabras y cuando estaba solo hablaba bien el castellano. Se colgó de un camión que, con su ritmo, lo adormeció hasta el momento en que fue despertado por un sacudón que anunciaba la entrada en la ruta 14; de la que había oído alguna historia cuando acamparon en la Plaza Congreso, en aquellos días agitados que en ese momento le parecieron lejanos.

El rumbo inesperado, después de una curva, topó con una muchedumbre y algunos tractores.

No se podía seguir.

Odradek escuchó que era posible que estuviesen horas, también días en aquel lugar.

Creyó entender algunos insultos y la exclamación indignada: “¡Hacer esto entre hermanos!” Se largó del camión y más recordando que otra cosa llegó hasta el palco improvisado donde -¡qué chico es este país!- estaba Tristán, el hilarante, con una arenga que producía una vibración en la gente que lo rodeaba. Hilario, el triste, no parecía compartir la algarabía que provocaba la verba ardiente de su hermano.

Odradek se acercó, Hilario pareció reconocerlo porque con una voz cansada preguntó “Qué anda haciendo la mascota por aquí”.

Odradek no conocía la palabra mascota, pero igual respondió gracias por el cumplido, ando queriendo –trataba de ponerse a tono- conocer esta llanura tan mentada por lo fértil.

Hilario no respondió.

Por el micrófono llegó la risotada de Tristán, y el desafío de una frase inconfundible: ¡Minga que nos vamos a arrodillar, aquí naides se arrodilla! Naides, naides, repetía con la alegría de ampliar el efecto de sus palabras en los oyentes. Al caer la noche –dijo Hilario- iremos para las casas y usted, Mascota, vendrá con nosotros. Entendió que Mascota era su nombre en la llanura, como Odradek lo era en Praga o en algún otro lado.

Retumbaron los caballos, el corazón de Odradek pareció detenerse como si conociera ese galope desde la eternidad. Ya en torno al fogón, mientras cortaba un pedazo de carne, Tristán miró a Odradek con cierta curiosidad, a la vez que le decía el campo es raro, Bichito, hasta puede aparecer algo como usted. Mascota, Bichito, parecía que tendría un nombre para cada paisano que lo divisara en el paisaje. Los días siguientes fueron de trabajo intenso.

Odradek aprendió a domar, también a ordeñar y vistear con el cuchillo.

Este Bicho, rió Tristán, ya es un gauchito, quién lo iba a decir con esos piolines y ese andar a lo cuervo con sus patitas. A veces la tristeza nos consume el cuerpo, comentó Hilario, dejá de hablar como en velorio, retrucó Tristán, que va´a molestar al Bicho y después nos critican en el extranjero, dijo con picardía criolla.

No hay problema, la Mascota es de fierro, respondió la voz cansada de Hilario.

Germán García