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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 26

Menudencias

Es difícil relatar lo que escuché aquella tarde, en la costanera.

Recuerdo que veía los escombros aunque ya no existían sino de una manera invisible, debajo de un follaje de diseño.

Recuerdo que enderecé mi columna para darle trabajo a mis músculos abdominales y para diferenciarme de los otros, que también miraban, pero descargando sus cuerpos sobre la baranda vencida entre los pilares de cemento, agrupados o solos, en posición de pescar nada.

Para no confundirme con ellos, levanté el mentón y metí las manos en los bolsillos.

Quedaba en mí saber si estaba parada al borde del mirador o al final de un terraplén.

Nunca lo supe y no es esto lo que quiero contar.

Sino lo que escuché apenas, lo que tal vez oí.

Ya ni puedo decir que fue una conversación, sospecho que ni siquiera fueron sonidos de la lengua.

Pero algo apretó el aire y llegó a mis oídos.

Bajé mis ojos y los vi: dos pequeños seres, absolutamente nítidos.

Tan claros como los escombros frente a mí.

Uno parecía una pelusa del piso pero más abultada.

El otro era evidentemente una perinola, un trompo femenino.

Atentos a mi presencia pero sin detenerse, exultantes hasta el aburrimiento, inventaban toda sarta de silencios.

O más bien suponían que hablaban.

Sonaban como tajos haciéndose en un lienzo, tenían el timbre tonto de los cuchillos diminutos.

Cuchicheaban. De algún modo el pelusón se las ingeniaba para expresar Mozambique, escéptico, escaléxtric, cacharpaya.

La peonza lo interrumpía con predio, podio, Pontevedra y lo llenaba de interrogantes.

Podía, quien quisiera, imaginarlos juntos para siempre.

Pero yo no quería.

Sobre todo cuando ella le arrojó sin valentía: “-¿Desconocido, para quién?”, cuando él reveló su domicilio.

Ahí sí se armó un silencio verdadero, familiar, genuino.

Nada podía funcionar entre esos dos.

Ni entre ellos conmigo.

Pero juro que los recuerdo perfectamente y que algún día podré contar lo que pasó esa tarde.

Nora Martinez