ODRADEK.COM.AR

DOMICILIO DESCONOCIDO

Buscar: Ingreso de usuarios registrados en RespodoTodo
 

Número 25

9 de julio

Cuando el envés de las palomas no se veía como siempre, en el vidrio de la cúpula en el techo, sino que se veía como si las nubes aletearan como mariposas, escuché el grito: Mariana! Se escuchó con una voz de desesperación que se soltó sin red sobre el mar de niños y adultos.

Todos hicimos un gesto sincrónico de estrechar el niño propio.

Se había perdido una niña y la madre desesperada corría a los gritos, con un aullido que no parecía una voz, sino un sonido como de espuma de barro, un graznido: Mariana! Mariana!, gritaba. Yo estrujé al niño, y con ese contacto sentí el corazón como un cristal que se podía romper.

El niño no dijo ni hizo nada.

Mis dedos se quedaron agarrados a él, como si quisieran plantar raíces, no era capaz de soltarlo aunque vi varios guardias vestidos de azul con radios en las manos recorriendo los rincones del Shopping, caminando entre la gente, poniéndose en movimiento instantáneo buscando a la niña perdida. En ese momento se escuchó otro grito: Nieva! Dijo el grito.

Pegada al niño me acerqué a la baranda para ver en la puerta lo que, en el techo, se vio como un lienzo blanco. Y vi cómo las puertas del Shopping en vaivén, absorbían un tumulto de gente que de a racimos pujaba para entrar.

Mendigos, músicos ambulantes que hacía minutos pedían afuera, tocando o cantando, borrachos, niños desabrigados que habían estado abriendo puertas de coches o lavando ventanas por monedas, metiéndose a empellones en el Shopping, buscando calor; mientras, una turba de gente que había estado adentro pugnaban por salir a tocar la nieve, a sacarse fotos, a contagiarse de una risa que parecía caer con la nieve asombrada de verse en Buenos Aires. Tomé al niño, asustada, pensando que con ese pliegue, esa inversión de gente entre la que se metía y la que salía y la niña perdida, había una frontera imprecisa de un miedo que no podía afrontar. Decidí irme de allí y volver con el niño a casa, lo arrastré hacia fuera.

Cuando estuve a una cuadra, miré al niño y vi cómo recogía copos de nieve con la mano desnuda y me detuve por un segundo a mirarle la sonrisa, la cabecita un poco blanca, un cuerpo que me seguía, pero que en el níquel de los ojos tenía el reflejo de Salgari, de Verne, de Dumas, de.

Ana Abregú