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Número 8

Una visita a la unidad

No sé qué hacer con mi vida -dijo Braun-.

Quiero estar en Buenos Aires, pero además de la Feria del Libro y algunas exposiciones, me interesan pocas actividades.

Y menos las que se llaman productivas.

En la Feria existe una paradoja.

Algunos dicen que cuanto más personas asisten, menos libros se venden.

Pero voy para escuchar a las celebridades locales, que hablan de celebridades mundiales, y se ignoran unos a otros.

Citan a los clásicos, y celebridades de países donde ellos mismos quisieran ser celebrados.

Voy porque me gustaría publicar un libro, dejar algo que no sea olvidable aunque sea olvidado.

-De la Torre lo interrumpió con una risa repentina, “son tantos con tu apellido, que serán más eternos que los laureles”, dijo, y luego se disculpó y lo alentó a seguir. - Bueno -prosiguió Braun-, me puse en contacto con Alberto Plessner, un agente literario que suele residir en Barcelona, aunque tiene una familia de alemanes fugados en la Segunda Guerra.

Ignoro si al comienzo, o al final. - Siempre ignorás lo único que importa -acotó De la Torre con un gesto de evidencia, arrugando la frente y moviendo la cabeza. Braun dejó pasar el comentario.

Siguió con lo que Plessner le había informado sobre una celebridad mundial especialista en citar ignotos, previo acuerdo de un porcentaje en los derechos de la futura obra.

Ese porcentaje aumentaba en la segunda edición, ya que nunca se hubiera llegado a la misma sin el apoyo de la celebridad.

Una primera mención podía decir “He vuelto con asombro a la literatura, desp ués de leer un inédito que será revelación”.

Y, por un cinco por ciento más, diría: “Serán inútiles los esfuerzos de su autor por escapar de la fama”.

Una frase así, según Plessner, precipitaba a los desorientados que escriben cada semana en las revistas y en los suplementos culturales de los diarios.

No quieren quedar fuera del “canon” (como llaman a esta broma de un mercado amante del equilibrio perpetuo). - Un inciso, como dirían los españoles -comienza De la Torre, mientras saborea el cigarrillo que un guardia le acaba de facilitar-, estás pensando que puedo meterme en esa cosa porque te dije que estaba escribiendo. - No, no -respondió Braun apurado- …, es verdad que también me gustaría… - Gracias por el consuelo, pero cuando salgás de aquí seguís con lo tuyo.

Te divertís fácil, eso es todo. Braun aceptó que estaría bien que el contacto fuera para los dos, que mediante Plessner su “testimonio” llegará más allá de cuatro amigos.

Por su parte, algo tendría que hacer.

Además, Plessner le había dicho que al comienzo no era necesario vender mucho, lo suficiente como para ser llamado “autor de culto”.

Para los chicos esto se convierte en militancia.

Al poco tiempo, los simpáticos dejan el libro sobre la mesa mientras miran con desprecio a los que leen autores que fueron de culto, antes de convertirse en conocidos y parte del mainstream (esa corriente principal que espera al autor de culto, como antes lo esperaba el museo o la academia). El problema, siguió mientras De la Torre reía, es la posibilidad de que sea imposible inventar un “autor de culto” en esta zona del mundo.

Podría quedar como un autor de culto barrial.

Los desorientados de aquí sacan sus autores de culto del inglés, por lo general publicados en Anagrama de Barcelona.

De cualquier manera no le respondí a Plessner, tampoco sé qué escribir.

Plessner me habrá olvidado.

La última vez que fui a la Feria del Libro logré una dedicatoria cariñosa de una celebridad local.

La vieja celebridad, sin ver demasiado, escribió para nadie: “Para una joven promesa”.

Yo no era joven, tampoco le había dicho que escribía.

Deduje del “género” de la frase que se refería a una mujer, que siempre es una promesa… La frase le salía sin dificultad, cualquier otra le hubiera hecho temblar la mano.

Pero ésa le salía sola, y siempre caía bien. - “Lo que es, lo que será y lo que fue” -dijo de improviso De la Torre, cansado del intento de Braun de hacerlo reír-.

Para mí -agregó-, se trata de entrar en contacto con ese otro mundo, donde hay hazañas que celebrar, y recuerdos que ordenan el futuro.

Sobre eso escribo, cuando puedo. “Todos los que andan cerca -pensó Braun, recordando a Henry Miller- quieren ser escritores.” Yo no tengo otra Musa que la memoria, pero puedo alabar a los que recuerdo como héroes, y dejar escrita mi desaprobación de algunos cobardes. - La mejor desaprobación -acotó Braun-es el olvido y el silencio.

Porque los que escriben suelen ser unos parásitos encargados de crear la imagen más valiosa posible de la elite que los sustenta, una imagen embellecida.

Es mejor recordar a los que seguimos queriendo.

Germán García