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Número 25

Moby Dick

De Herman Melville Pueden Ustedes llamarme Ismael.

Hace algunos años –no importa cuántos, exactamente-, con poco o ningún dinero en mi billetera y nada en particular que me interesara en tierra, pensé en darme al mar y ver la parte líquida del mundo. Con la idea de emplearme en un ballenero metí una o dos camisas en mi raído bolso de viaje, lo sujeté bajo el brazo y partí hacia el Cabo de Hornos y el Pacífico.

Dejé la buena ciudad de los antiguos manhattoes y, según lo previsto, llegué a Nueva Bedford la noche de un sábado de diciembre.

Me vi obligado a pasar la noche en Nueva Bedford donde compartí el cuarto en la Posada El Chorro de la Ballena con un individuo de rostro color oscuro, púrpura, amarillento, con grandes parches negruzcos aquí y allá.

Se llamaba Queequeg y resultó ser un arponero dispuesto también a embarcarse en un ballenero. Al día siguiente hicimos la travesía a Nantucket.

¡Nantucket! Tomen ustedes su mapa y busquen la isla.

Observen cuál es la parte del mundo que ocupa: está lejos de la costa, más solitaria que el faro de Eddystone.

Mírenla: una simple colina, un codo de arena, toda playa sin transfondo.

Hay allí más arena que la que podrían usar ustedes en veinte años para reemplazar el papel secante. Después de un largo vagabundeo y una serie de preguntas al azar, supe que había tres buques a punto de zarpar para un viaje de tres años.

Subí a bordo del Pequod, le eché una mirada y resolví que ésa era la nave para nosotros.

Era una nave de construcción antigua, más bien pequeña, con el aire de uno de esos muebles anticuados con patas como garras.

Estacionado por el tiempo y curtido por los tifones y las calmas de los cuatro océanos, el material de su viejo casco se había oscurecido como la piel de un granadero francés que hubiese luchado en Egipto y en Siberia.

Su venerable proa parecía barbada. Conocimos al capitán del Pequod varios días después de zarpar.

Un hombre misterioso, de apellido Ahab con una pierna de madera en reemplazo de aquella que le había arrebatado el demonio que, sin saberlo, empezábamos a perseguir.

La obsesión del capitán Ahab nos enfrentaría a un destino trágico.

Empezábamos a tomar partido en el duelo entre el espíritu poseído por la venganza del capitán Ahab y la bestia indómita de los mares, Moby Dick, la carpa blanca. Traducción Roberto Gárriz

Roberto Gárriz