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Número 25

Las cosas por su nombre

Martita arma la carpa con gran precisión.

Y uno se pregunta: ¿cómo puede ser que Martita arme una carpa? Trata (uno) de imaginar la escena.

La carpa, un campo al fondo, el travesaño, el sobretecho.

Hasta ahí todo bien.

El problema es imaginársela a ella, a Martita, sin ponerle la cara de una tía vieja, de alguna vecina arruinada, de un personaje de un libro de texto antiguo.

Y esa Martita, esa que imaginamos, bien puede amasar la masa pero nunca (jamás) armar una carpa. Pero bueno, la cosa es así: Martita arma la carpa con gran precisión.

Vaya usted imaginando. Ahora la historia se complica, porque unos metros más allá, Esther prende la laptop.

Momento, piensa uno, Esther y laptop son dos conceptos inasociables.

Si bien suena bastante lógico que Martita y Esther estén juntas, ninguna de ellas fue concebida para armar nada que no sea una cama ni prender algo más allá de la radio o una hornalla.

Porque Martita y Esther, históricamente, han venido representando lo peor de la feminidad.

Pero estas dos, esta Martita y esta Esther, pretenden reivindicar algo.

Martita y Esther arman carpas y prenden laptops.

¡Uhaaaauuu!¡Qué grosso! Y es muy probable que estudien y que trabajen.

¡Fa! Un logro.

Permitamé que la felicite, Martita, ¡cómo se conecta con la naturaleza! Y usted Esther, qué bárbara, tan digitalizada.

Pero le advierto Esther que en este campamento no hay Wi-Fi.

Además, se vienen unos nubarrones fenomenales y Martita recién clavó la primera estaca.

En fin, al menos hicieron el esfuerzo.

Yanina Bouche