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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 25

Carpa

Mediodía de un sábado frío.

Hora vacía en el Congreso.

Adentro, un hombre frente a papeles atrasados.

Se sobresalta.

Le parece ver una llamarada.

Es.

El fuego rápidamente crece, se extiende, amenaza.

Tambaleante, manoteando algún objeto, intenta salir.

Ya no ve colores a su alrededor.

Ni bordes precisos en los muebles.

Todo está cubierto por un velo grisáceo de humo desde el suelo hasta el techo.

Abajo, no cesan de reunirse manifestantes.

Son miles.

Instalan tiendas.

Las equipan para quedarse algunos días.

No saben cuántos.

El lunes se verá qué pasa.

Entre ellos, un grupo de escritores busca un sitio para acampar.

Llevan sobre su pecho el mismo dibujo: una especie de carrete de hilo en forma de estrella plana.

Vienen de probar en otros lugares que no los han conformado.

Si regresan al espacio que anteriormente les pareció adecuado, ya no existe.

Arriba, el hombre tiene una sed profunda, áspera, hiriente.

Piensa en vino fuerte.

En el granate del vino de la noche que en cada trago se abría como una burbuja densa ante sus ojos, llenaba su boca, lamía su garganta.

Recuerda una alegría, la ve pasar frente a su cara como una certeza nocturna.

Quiere avanzar pero las paredes calientes lo expulsan, lastiman sus manos, queman sus brazos, golpean su cuerpo.

Finalmente los escritores eligen la vereda del edificio.

Un espacio entre dos columnas, una tira ascendente de ventanas.

Allí está bien.

Despliegan lonas sobre una estructura metálica.

Miran hacia arriba.

Los bajorrelieves. El hombre, casi ahogado, llega hasta la ventana.

Afuera, la plaza reverdece con cánticos y carteles.

Por allí dice, con letras grandes y negras: “Que destapen la olla o que bajen el fuego”. El fuego.

La ventana.

Se traba por el calor.

No abre. Se oye un estallido de vidrios.

Bocinas.

El estruendo de un curioso incrustándose en El Molino.

El aullido del motor de un colectivo subiendo por la calzada húmeda.

El chasquido de un portarretrato de plata con la foto de una mujer cayendo sobre un escritorio.

Y el bullicio de una gran familia de palomas que justo, en ese momento, resuelve mudarse de balcón.

Nora Martinez