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Número 25

Entrevista

Ya el aviso era raro.

Camarera se busca.

C/S experiencia.

Uniforme obligatorio.

Discapacidad física imprescindible.

Me presenté porque no podía convencerme de que había leído bien. Hay que decir que con un ojo y una pierna menos las ofertas de trabajo no abundan. Hay que decir también que los perversos que te pagan por cogerte cada vez son menos. Me enredé con la bombacha en el baño, aunque por suerte la tipa que tomaba las entrevistas parecía tener todo el tiempo del mundo. Si tengo que contar lo primero que me pasó por la cabeza tengo que decir que la dueña me pareció una delirante. ¿Quién iba a querer frecuentar un bar en donde las camareras son todas lisiadas y en donde ni siquiera existe el plus de garchárselas? Me equivoqué.

Resultó una visionaria la dueña. Mientras me explicaba el concepto y las reglas de la casa, yo trataba de hacer foco en la taza de café que me habían puesto delante. El sueldo no estaba mal, considerando que todo lo que había que hacer era servir las mesas (intenten tomar el pedido de tres a la vez, un sábado a la noche después de la una de la mañana, con la música a full, el humo de los cigarrillos contaminando todo el salón, saltando como una ranita, y después me cuentan). - ¿Tenés experiencia como moza? - En el aviso decía que no era obligatorio - Es cierto, sólo es por saber - Dos meses en un restaurante coreano de tenedor libre - ¿Hace mucho? - Unos nueve años - Antes de ... - Sí, antes. - Mejor No le importaba mucho cómo había sido el accidente, pero sí asegurarse de que no planeaba ninguna cirugía ni prótesis, ni nada por el estilo. - Vos me entendés.

Hay muchas que vienen y después juntan unos mangos y se van derecho al quirófano.

Todo bien, pero a mí me caga el negocio.

¿Entendés? - Perfectamente - El contrato es por un año, todo legal, cobertura médica, ART y aguinaldo completo. - ¿Cuándo empiezo? - ¿Podés esta noche? Cuando está por empezar mi turno me miro por última vez al espejo.

Parezco una vampiresa porno salida de una película de terror.

Me dieron un conjunto de seda rojo, arreglado para que no tuviese que atar el sobrante de la pierna que falta.

Llevo un liguero, medias de red, y unas botas de látex con tacos de veinte centímetros.

Mejor dicho, una bota.

La otra la dejo prolijamente acomodada en mi casillero del vestuario. Tomo aire, me acomodo el pelo, y salgo a enfrentar a mi primer cliente.

Me cuenta que viene de una de las carpas de la plaza.

Lleva una campera de cuero que parece cara, con un prendedor que dice “todos somos el campo”.

Adrian Drut