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Número 25

Torino Sport

Con el fin de aprovechar hasta la última gota del licorcito de menta que le habían regalado por el día del Bibliotecario Progresista, Betty decidió que hiciéramos doble turno y nos quedásemos hasta la noche cerrada en el depósito, a resguardo de las miradas juiciosas de nuestros colegas más volcados a la derecha nostalgiosa.

Así que, al amparo de los anaqueles y el calor de una discreta graduación alcohólica, nos dedicamos al inventario de algunos libros que creíamos perdidos para siempre: la Enciclopedia caucásica del Africa Noroccidental, en su segunda edición, aumentada, de 1938; la Crónica de mi estaqueo ilustrada con bocetos a mano alzada; y el poemario tardíamente vanguardista Tu bolsón infernal, en edición numerada y firmada por el autor. Bastaron dos copitas al hilo y el dictado preciso de las citas bibliográficas para que Betty hilvanara los vaivenes editoriales con una narración de los días de campamento junto a Alcides y la infructuosa construcción de una canaleta nunca terminada.

Como correspondía, la primavera había traído a Alcides a la Sala de Lectura y con él las bolsas de dormir, dos ollitas, el comedor estructural que podía usarse de alero y un Torino Sport en el que cabía todo y un poco más.

Por un segundo pensé en la mirada vacía de Betty, asomada a la ventana para presenciar el acto diario de exuberancia masculina con que el referencista ubicaba su Taunus en el espacio reservado para empleados.

Pero la promesa de precisiones que me hizo detener la caligrafía durante un rato se disolvió con el final de la botella y la mirada incrédula de Betty, que sacó del último anaquel un volumen maltratado y lo separó para la reencuadernación.

Apenas alcanzó a murmurar que se habían perdido algunas páginas y que había que ver si valía la pena y que el mercado de las carpas usadas rendía muy poco, sobre todo por la época en que Alcides vendió el auto y compró la individual de alta montaña y un solo par de guantes forrados en corderito.

María Martha Gigena