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Número 9

Dos pastillas rojas

para Mariano. Hacia la mitad de El vengador del futuro, a Douglas Quaid (el personaje de Arnold Schwarzenegger), le ofrecen tomar una pastillita que le permitirá salir del ensueño, el delirio paranoide en el que supuestamente vive.

La píldora, roja, le es ofrecida por un doctor que viene desde la realidad. Existe otra pastillita roja, bastante más famosa que la que le ofrecen a Doug Quaid.

En Matrix, Morfeo le ofrece a Neo (Keanu Reeves) dos píldoras, la azul y la roja.

La primera lleva al olvido y la ignorancia: permite que Neo vuelva a la vida de la Matriz.

La roja, en cambio, permite pasar del otro lado del espejo, ver, en palabras de Morfeo, “cuán lejos van los túneles de los conejos”. La opción, como se ve, es dual y, sobre todo, moral.

En un pasaje memorable el traidor de la película (¡que además se llama Reagan!) afirma que si lo que está comiendo se ve como un bife, sabe a bife y huele a bife, entonces la diferencia entre realidad y fantasía no le interesa.

Palabra de traidor.

En este escenario la “realidad” es siempre éticamente superior a cualquier fantasía. Pero si esa realidad es mejor que la realidad de la Matriz, su revelación no puede advenir por el trabajo de la conciencia: la moralización de lo real requiere de mesías, de aprendices y maestros que iluminen el camino.

Morfeo le revelará a Neo su destino mesiánico: el camino hacia la realidad “verdadera” es el camino de la ley y la sumisión. Doug Quaid, en cambio, no cree en mesías.

Ante la oferta del médico, Quaid rechaza la pastillita, asesina al iluminado y escapa hacia el mundo de la fantasía que él cree verdadera.

No hay ninguna otra realidad por alcanzar, o, mejor, la diferencia entre percepción y realidad es irrelevante.

Quaid no elige entre una realidad y otra, rechaza la dualidad misma. El vengador del futuro, toma el mismo camino.

Con sus escenarios berretas y su lógica de película de acción hollywoodense, el film no termina de decidirse: porque si efectivamente Quaid cree que vive en un mundo real, para cuando el film termine el espectador no sabrá en qué medida todo lo que ha sucedido (Doug transformado en héroe de Marte, con la chica con la que había fantaseado, eliminando a los tiros toda oposición) no es parte del ensueño programado por una computadora.

Pero no importa: porque es en esa lógica enrarecida, ambigua y confusa donde se libran las batallas. El héroe no es entonces un iluminado, sino un aventurero que no termina de entender cuál es su lugar o su misión.

Sin un destino prefijado, Quaid aprende sobre la marcha qué es lo que puede extraer del mundo que conoce para cambiarlo. Y es que contra todas las conciencias bienintencionadas, los héroes siempre rechazan la pastillita roja.

Ezequiel De Rosso