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Número 24

Paseo de un cautivo

A la memoria de mi hermano, Edgardo. Había perdido la noción del tiempo cuando dejó de recordar las veces que el ruido del cerrojo de la puerta de hierro lo despertaba en la oscuridad, cada vez que le deslizaban algo para comer.

En el silencio algunas veces percibía el ritmo del corazón, otras evocaba imágenes de su vida anterior al momento en que fue capturado –una mañana de invierno, un día de sol- sin que mediara ninguna explicación.

Lo arrojaron al asiento trasero de un automóvil, lo golpearon en la cabeza y el estómago. Durante el viaje, apretado contra el piso de la parte trasera por un zapato que se clavaba al costado, quedó en blanco (sin antes ni después). Pasaron algunas cosas, fue torturado sin ninguna finalidad porque no tenía nada que decir y nadie parecía querer saber lo que pudiera ocultar. Cuando abrieron la puerta, después de ese tiempo sin medida, fue empujado y obligado a caminar entre dos hombres que lo escoltaban.

En un momento la venda que cubría sus ojos se deslizó y, en un instante, alcanzó a ver un portón azul petróleo y algo de un muro de ladrillo que parecía extenso.

Uno de los hombres se apresuró a cubrirle los ojos.

Siguió guiado por ellos que cruzaron el portón y otra vez se encontró en la parte trasera de un automóvil. Tenía la percepción de ese portón azul petróleo, de esa parte de un muro.

Era algo.

Durante el viaje pasó por un trayecto de tierra, luego de asfalto y por último creyó que se detenían después de un trecho en que avanzaron por una calle empedrada. Subieron escaleras, atravesaron varias puertas.

Escuchó algunas voces femeninas que lo confortaron.

Durante ese tiempo sólo había oído voces de hombres que pronunciaban palabras sueltas, tomá, dormí, comé, levantate. Le leyeron una declaración donde se dejaba constancia del buen trato recibido durante ese tiempo (hubiera querido saber cuanto, pero no llegó a escucharlo).

Firmá. Volvieron, al parecer por el mismo camino, y atravesaron el portón que sabía azul petróleo. Abrieron la puerta de su calabozo (la conocía por un chirrido molesto) y alcanzó a ver, antes de que cerraran, que tenía un techo de ladrillo sostenido por vigas de hierro transversales. Tirado sobre el camastro atesoraba su información, la repetía y la combinaba con un bienestar creciente, mientras se acariciaba el estómago cuya piel estaba marcada; ya no sabía si el instrumento fue la picana o los cigarrillos que le apagaron cuando lo interrogaban.

El portón azul petróleo, el muro de ladrillo, el trayecto por tierra, asfalto y empedrado, las escaleras, las voces femeninas, la declaración que le dieron a firmar, el techo del calabozo.

Estaba en algún lugar, cerca de donde la vida proseguía.

Se durmió satisfecho, casi con esperanza.

Quizá llegaría a contarlo.

Germán García