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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 24

En la barra

- ¡Pero están todas lisiadas! – me estaba diciendo mi amigo, mientras tomaba un sorbo de la cerveza que nos acababa de dejar una de las chicas. - Bueno...todas no...

Esa que está detrás de la barra parece normal – le contesto.

E inmediatamente tengo que tragarme mis palabras, cuando la veo presionar un botón y deslizarse por una especie de riel metálico que recorre todo el largo de la barra, y me doy cuenta de que de la cintura para abajo no tiene nada.

Quiero decir que no “hay” nada de la cintura para abajo.

Es como si fuese media persona.

Como si un samurai le hubiese seccionado la parte inferior del cuerpo, de un tajo limpio y seco. De la cintura para abajo sólo hay aire, y es como si la chica se deslizara flotando en el aire, sólo un torso semidesnudo, con un soutien de látex negro y apliques de plata enmarcándole el soberbio par de tetas que parecen a punto de reventar. No puedo quitarle la vista de encima, y ella les sonríe a todos los clientes acodados sobre el mármol, inclinando levemente lo que le queda del cuerpo para darles un beso en la mejilla a cada uno.

Los tipos aprovechan para relojearle las tetas, y ninguno parece sorprenderse de que la chica termine ahí, a la altura de la cintura, y que en lugar del culo y las piernas se distingan claramente la máquina de café, los cajones con botellas de whisky, las latas de gaseosas y las copas apiladas en el estante de atrás. El tubo de neón rojo que bordea todo el techo hace que el riel por el que se desliza la chica despida un destello de tenue fuego, como si saltaran chispas. - Tiene tres velocidades – me dice al oído uno de los chicos sentados en la mesa de al lado, y que parece un habitué del lugar – De ocho de la mañana hasta las doce más o menos va lento.

A la tarde se acelera un poco.

A partir de las siete, cuando empieza a caer más gente se puede regular para que alcance unos seis kilómetros por hora, que es el standard de las escaleras mecánicas y las veredas rodantes de los aeropuertos. - ¿Ah si? – le contesto sin sacar la vista del riel. - Ahá.

Yo lo diseñé.

Es una joyita ¿no? La dueña quedó encantada, y Marisa labura fenómeno.

Al principio se equivocaba en los botones, y más de una vez le volcó el café con leche a alguien, yendo a los pedos a la hora del desayuno. En cuanto le tomó la mano y se puso canchera nadie más pudo quitarle el puesto.

Hay noches en que es un espectáculo mirarla despachar siete tequilas y cuatro gin fizz a la vez.

Tenés que ver como quedan los vasos, paraditos exactos delante de cada cliente, mientras ella va y viene, sonriendo y dando besos.

Una capa la mina. - Mira vos...- atino a decir. - Eso no es nada – sigue contándome el pibe- ahora estoy trabajando en un prototipo nuevo.

El problema es que todavía no puedo resolver la cuestión del doble carril.

La idea es que haya dos barwomen, y mientras una va la otra vuelve, pero es complicado por el espacio.

La semana pasada hicimos una prueba con otra de las chicas, pero como esa tenía una pierna se descuajeringaba todo el sistema.

Dos o tres veces funcionaba bien, pero después se le trancaba la gamba en los listones de madera del piso, y Marisa salía despedida por el aire cuando chocaba con la otra.

Por suerte la ART cubre esas cosas, tenemos un convenio especial y un subsidio por emplear discapacitados, viste, un arreglo con el Gobierno de la Ciudad. Dejo de escucharlo mientras sigo mirando a la chica, que, con una sonrisa que parece que no se le borra nunca del rostro, continúa sirviendo, imperturbable, a los parroquianos que empiezan a llegar, ahora que cayó la tarde y hay menos luz. Uno de los tipos, barbudo, con pinta de intelectual, y que parece conocerla bien, le dice algo al oído, y ella se queda por unos segundos escuchándolo, antes de retomar su vaivén por el riel de acero. Más la observo y más me gusta.

Tiene unos labios finos, pintados sin exageración con labial bordó, y los bucles negros le caen en desorden un poco más allá de los hombros. No puedo evitar preguntarme dónde habrán ido a parar sus piernas, y noto claramente una erección por debajo de mi jean ajustado. - ¿Viste que son todas lisiadas? – me dice mi amigo, mientras vacío el segundo vaso de cerveza.

Adrian Drut