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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 24

Dos a la derecha, y después doblá
Enmomiándose

Mientras hacíamos el usual control del item “libros perdidos para siempre”, Betty volvió al trabajo una mañana, dando así por terminada una licencia que la había mantenido ausente por varios días, y convencida tanto de la felicidad que deparan algunos paisajes como del incierto significado de lo que hasta hace un tiempo llamaba distancia.

El revuelo que le dio la bienvenida se deshizo apenas aparecieron algunos socios madrugadores y junto con ellos dos Cané y un Pigafetta que ya dábamos por extraviados.

Pero Betty, dispuesta a todo para que compartiéramos la perplejidad de tanta aparición, se instaló en su escritorio rodeada de mapas y una colección de marcadores trazo fino con los que dibujó uno por uno los recorridos que la habían ocupado en los días de descanso.

Al rato, fue bastante fácil saber que la cantidad de mapas excedía el número de las ciudades que sus postales nos habían enumerado, y que las líneas del subterráneo se superponían dudosamente con la cuadrícula de una ciudad de pretensiones cosmopolitas en un perdido puerto latinoamericano.

Mientras el referencista se acercaba, apenas hubo tiempo para que Betty me susurrase al oído sus dudas acerca de quién espera a quién, y qué lugar nos está reservado, y qué es estar lejos por un rato, y cuándo es que se empieza a preparar la partida o la llegada, y la evidencia de que el viaje siempre es redondo, según de dónde se lo mire.

Entonces, soplando la taza con el previsible té, decidí que era un buen día para quedarme hasta la noche y compartir el itinerario imaginado, y de paso ayudar a Betty a ordenar los cajones del escritorio, hacer la caja chica y preguntarle, como de pasada, para qué sigue guardando, en la latita de los clips, dos boletos capicúa y un cospel de subte.

María Martha Gigena