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Número 24

Guatemala, Serrano, Paraguay, Gurruchaga

Existe, está entre nosotros, la “literatura de Palermo”.

Libros bien escritos e ingeniosos que parecen halagar el gusto de la gente culta que pasea por Serrano o Thames.

Se trata de una moda, pero sus caminos son misteriosos.

Se lee a Haruki Murakami como antes se leía a Sebald o a Tabucchi, pero como nunca se leyó a Cormac McCarthy o a Milorad Pavic, todos autores reivindicados por los suplementos culturales que supimos conseguir.

Pareciera que la “literatura de Palermo” se superpone, pero no es un reflejo exacto del panteón que construyen los medios. Se trata, claro, de textos que son best-sellers, pero que no circulan como tales.

Sándor Marái es un ejemplo palmario: libros publicados por una editorial de textos “cultos”, de tapas no figurativas o distanciadamente figurativas (la cita de un cuadro, una fotografía intervenida, etc.), con tramas humanistas, de un innegable gusto cosmopolita y escritos con un rigor amable.

Hace unos años, el adalid del gusto palermitano hubiera sido Paul Auster, pero en aquellos años a Palermo le faltaba la pátina canchera, tan user friendly, de estos días. La literatura de Palermo no se confunde con las novelas de Dan Brown o los libros de Paulo Coello.

No: el mensaje directo, la trama escandalosamente banal, los tonos groseramente pretenciosos de sus títulos impiden que un lector refinado pueda confundirlos.

No, los libros de Palermo no son un consumo culposo, son “literatura”, esa zona tibia entre los libros que lee la academia y los best-sellers que se presumen el primer borrador de un guión de Hollywood. No habría que desestimar, sin embargo, los éxitos de la literatura de Palermo.

Al fin y al cabo, Sebald ha escrito páginas admirables y Tabucchi escribió Nocturno hindú.

La moda, en este sentido produce un efecto de masividad que permite que textos extraordinarios sean leídos por muchos lectores y pervivan a espaldas de la crítica y la academia.

Además, el éxito de esa “literatura coolta” ayuda a que editoriales como Debate o Tusquets puedan publicar a Horacio Castellanos Moya o a Bruno Schulz. Esa literatura (como toda literatura) encierra textos admirables y tal vez no debería rechazársela en bloque.

Cierto es que tal vez tengan más oportunidades de renovar la literatura los best-sellers de Stephen King o los thrillers de John Le Carré, pero no todo el mundo gusta de la vanguardia.

Más modestamente, con menos violencia y ambición, el buen gusto de la literatura de Palermo tal vez permita todavía algunas magias menores.

Ezequiel De Rosso