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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número virtual 1

Damas

Para visitar un mundo inquietante, poco explorado, sólo tienes que empujar la puerta que se abre a la Otra dimensión.

Si tienes buen manejo del eufemismo y haces de la metonimia un recurso, sabrás leer inscripciones como DAMAS; o descifrar jeroglíficos con capelinas, abanicos y hasta sencillos esquemas del cuerpo humano envueltos en faldas. Baño de Mujeres se parece a un universo incompleto, espejado.

Al igual que la Matrix, cuenta con varias entradas, todas ellas dispuestas en lugares públicos, como bares, aeropuertos y museos; a la vista de todos, pero discretamente camufladas. Allí el tiempo tiene otra medida.

Lo que afuera se cuenta en lustros, adentro equivale a un segundo y viceversa.

Si bien algunos críos llegan a visitarlo, son generalmente féminas decididas las que se transportan por él.

Ellas entran, sueltan sus orines, acarician su sexo con papel tisú, si está sangrante lo enjugan y le aplican apósitos.

El ambiente mantiene una humedad constante y por eso los desplazamientos requieren de cualidades anfibias.

Muchas veces se mojan las manos, la cara. Frente al espejo se colorean los labios, muestran los dientes, se pasan la lengua sobre los incisivos para limpiarlos; después se besan la boca, se muerden hasta lograr un color sublime.

Arrobadas por el clima se acarician la figura y se concentran en el reflejo de los muslos, los pechos.

Bajan y suben la cabeza hasta que se les sonrojan las mejillas y el cabello se les vuelve vaporoso.

Además logran ahí dentro un efecto único que consiste en mirarse a sí misma como sí fueran otras.

La técnica es sencilla, requiere solo de un poco de entrenamiento para pararse de espaldas al espejo y contorsionar la cintura hasta lograr que el cuello gire 180º.

En esa posición se alcanzan a ver los glúteos desde un punto de vista ajeno pero con el relevo de los propios ojos.

Algunas entran de a dos, cuchichean, se ríen, intercambian ungüentos, estuques, carmines.

Las más pequeñas mirando aprenden.

Incluso, si hay intimidad, suelen acercárseles otras y ofrecerles sus consejos de iniciadas.

Por ejemplo, advertirlas sobre la importancia de no tomar contacto con la tabla de los inodoros o instruirlas sobre el modo más extravagante de volver a acomodarse el pelo de la cabeza y del pubis, para no exportar demasiadas huellas de esta visita al exterior.

Por momentos hay gritos.

Algunas entran en trance y se resisten a abandonar el lugar, se aferran a las puertas, las paredes, hasta dejar sus marcas.

Frases furiosas, insultos, deseos ardientes.

Otras están atrapadas.

Seducidas por esta Otra dimensión, se vuelven mendigas mutantes y viven de las moneditas que les dejan a cambio de vituallas. La mayoría vuelve a salir acertando a la puerta de entrada; aunque se sabe de casos que habiendo ingresado por el lobby de un hotel aparecen en un avión.

Por suerte han sido casos aislados, mujeres que eran esperadas por maridos distraídos o amantes torpes que jamás se preguntaron sobre el cambio repentino de la ropa y el color de piel de sus amadas.

En general, vuelven compuestas a sus habituales roles de modositas madres o tiernas novias, y regresan al punto de partida como si nada especial hubiera pasado tras esa puerta.

Pilar Ordóñez