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Número virtual 1

Azotado

-Ponete los guantes-dijo Mario- Untate con la crema y le pasás despacio.

Que forme una capa.

Con eso se desinfecta, se cicatriza, se refresca.

Me voy a armar un par de destrozados que trajeron.

Dale. Mario, tambaleante, se fue a otra sala. El chico estaba en la camilla, boca abajo.

Lo habían azotado.

Se mordía los labios para no gritar. Empecé. El tuvo un escalofrío cuando apoyé los dedos en las heridas más al cuello.

Los guantes eran muy finos y pude palpar la carne levantada. Era una larga tarea, si se la realizaba con conciencia.

Cada avance hacia el alivio le arrancaba un gemido.

Su cuerpo alternaba tensión y relajamiento.

Empecé a llorar.

Un acto silencioso y quieto. Mario se asomó, embadurnado en sangre. -Cuidado con las lágrimas.

Se puede infectar. No sabía con que limpiarme: las manos enguantadas bañadas en crema, no tenía mangas y los brazos estaban húmedos de transpiración. La mano de ella apareció con un pañuelo y me enjugó la cara. Lo debe haber sacado de la televisión, pensé, está jugando a la enfermera. La había entrevisto apoyada contra la pared, deslucida y pálida, al lado del protagonismo de la espalda de su compañero. Su gesto no sólo me secó los ojos, los abrió. Ella era muy joven.

El raspón cerca de la comisura de la boca no alcanzaba a afearla.

Si a él lo habían lastimado así, a ella, ¿qué le habrían hecho? Cuando estaba por terminar, le dije:- Hay una máquina de café en el pasillo.

En la lata que está sobre el pasillo hay fichas.

Servite uno y traeme otro a mi. El se había adormecido.

Me gratifiqué con la idea de que era el resultado de una aplicación eficiente del ungüento. Mario volvió a asomarse.

Se había cambiado la bata.

Le señalé la cara del muchacho. -Si- contestó- Le di tranquilizantes como para un caballo.

En cuanto puedas, buscame.

Tengo otro azotado para que te encargues. Ella volvió con el café, que era pésimo, pero levantaba el ánimo.

Tenía los ojos grandes. -¿Vos estás bien?¿No necesitás nada? Asintió y negó con la cabeza. -Va a dormir toda la noche.

Tratá de descansar vos también. Hizo un gesto ambiguo que podía significar cualquier cosa. Terminé mi café en el pasillo.

Por la ventana parpadeaba el inicio de la noche.

Afuera estaba el dolor.

Se lo podía intuir.

Pero era invisible. La voz de Mario me arrebató de la contemplación. -Hay otra espalda lastimada en la sala del fondo.

Andando.

Marcelo Juan Valenti